El Tormento Subjuntivo

Acisclo sintió un escalofrío. Había permanecido toda la tarde en su destartalada casa del zaragozano barrio de las Delicias, dedicando su tiempo a una actividad que no entendía y a cuya finalidad desde luego era totalmente ajeno: la limpieza.

Casi la totalidad de aquel día había sido invertida en desechar milenarios tickets de compra de los bolsillos de todas sus prendas, revistas de ofertas de Carrefour, yogures vacíos cuya disposición escribía en el suelo una historia de abandono y rendición existencial, y por supuesto innumerables latas de cerveza. Las botellas de pacharán, en cambio, eran conservadas como oro en paño, ya que constituían la única compañía de Acisclo en las frías noches de invierno y le evocaban recuerdos de tiempos más felices. Aquellas orgullosas carcasas, esos vidriosos soldados caídos en batalla velaban el sueño de nuestro alopécico protagonista y ocupaban un lugar predilecto en su enmohecida estantería. Cuando no conseguía conciliar el sueño debido a los mareos espectrales de ultratumba causados por el consumo desmedido de licores, Acisclo conversaba con ellas, templando así sus ánimos y reconciliándose con Morfeo.

Parecía que aquella iba a ser una jornada para el crecimiento personal e higiénico, pero algo perturbó la atormentada alma de nuestro amigo, interrumpiendo aquel frenesí de orden y limpieza. Una agudo pinchazo en su maltratado hígado le avisó del peligro segundos antes de que fuera anunciado. Su teléfono sonó. Era Alex Highpear, y traía nuevas etílicas. Al parecer el bar de debajo de su casa se había desecho de numerosas botellas por estar caducadas, y había cometido la terrible equivocación de hacerlo a plena luz del día. Un amigo de Highpear al que se refirió simplemente como “Javier”, presenció la escena y se las agenció, invitándole a deglutirlas junto a él. No obstante aquel era un trabajo para tres hombres, y no podrían hacerlo sólos. Era por ello que Alex Highpear y sus enormes fauces necesitaban la ayuda de Acisclo una vez más.

Así pues, encendiéndose un heroico cigarrillo Fortuna y enfundándose su mítica cazadora de cuero, Acisclo abandonó su hogar, entregándose a la locura y a la autodestrucción una vez más.

HEPATIC COMBO

Al llegar a la morada de Alex Highpear, éste abrió las puertas a nuestro héroe con la presteza del que se sabe ansioso por alcoholizarse y con la hospitalidad del que recibe a un héroe. Ambos se dirigieron al salón, y allí fue donde Acisclo se encontró con una nueva amenaza. Una extraña mole le devolvía la mirada con ojos extremadamente separados, ojos de herbívoro, ojos de presa. El tamaño desmesurado de su cabeza superaba el de los ovinos más pesados, y las proporciones de su cuerpo eran sencillamente imposibles.

Se encontraba sentado en un pequeño taburete rosa de Hello Kitty que le daba un aspecto más atroz todavía. Parpadeando a destiempo, se presentó ante Acisclo:

-Hola, yo fuere Javier, ¿vinieres a ayudársenos con las botellas que encontrárame esta mañana, verdad?

Acisclo dejó caer el cigarrillo de su boca, provocando un pequeño incendio en la alfombra que cubría el suelo y provocando la ira de Highpear, que intentaba apagarlo sin éxito debido a su falta de tejido muscular en las piernas, especialmente en los glúteos. Lo que dios le había dado de más de boca, se lo había quitado de culo.

¿Qué extraña jerga era aquella? Nuestro héroe no entendía nada. De nuevo bramó el ser.

-¿Y si abriéremos las botellas ya? Pudiéremos empezar ahora que ya estemos los tres. -La criatura abrió la primera botella de Moscatel, vertiendo su contenido en tres grandes vasos azules de plástico de la Expo de 2008.

Los tres bebieron en silencio. Acisclo se agitó, intrigado. Estaba casi seguro de que la naturaleza de aquella nueva presencia no era humana. Mientras tragaba el templado licor, observó a “Javier”. Las venas de sus sienes palpitaban al mismo ritmo que su tremebunda nuez subía y bajaba, ingiriendo el caducado líquido. Aquella antinatural sincronización física le convenció de que aquel ser era el que había hecho saltar las alarmas de su hígado cósmico. Se hallaba frente a EL TORMENTO SUBJUNTIVO.

Apenas habían acabado sus vasos cuando un pitido interrumpió la tensa velada. Era el microondas soviético de Highpear, que anunciaba que las palomitas ya estaban listas. El anfitrión se ausentó unos instantes para recogerlas, dejando a nuestro héroe y a El Tormento Subjuntivo a solas. Aquel hombre con cráneo de buey y de inflamadas piernas miraba fijamente la calva de Acisclo, deslumbrado por su fosforescencia opiácea y por las numerosas venas que la surcaban. Nuestro protagonista aprovechó los efectos hipnóticos de su difunto cuero cabelludo para interrogar al leviatán.

-¿Y tú de qué barrio eres? De las Delicias no, me acordaría de tu cab… de ti. -Dijo Acisclo.

-Pues yo viviere en Las Fuentes de siempre pero ahora me mudara a esta calle porque fuere más barato. -Respondió El Tormento Subjuntivo.

-¿Y de qué conoces a Alex? -Acisclo se mostraba inquisitivo mientras miraba su descomunal frente y ambos bebían a morro de dos caducas botellas de cognac.

-Pues del colegio, los dos fuéremos a la misma clase cuando hiciéremos primaria, y el otro día cuando me mudare nos encontremos. -Contestó el corpulento ser.

Acisclo se percató de un detalle que horrorizó su fatigada y embriagada psique. En cada sílaba tónica de cada palabra que El Tormento Subjuntivo pronunciaba, el dedo anular de su mano derecha se plegaba de forma mecánica. Era como si aquel dedo hiciera las veces de un metrónomo profano y se activara cada vez que aquel ser pronunciara un sonido más alto que otro. El resultado era una suerte de mensaje en código morse metacarpiano que revelaba innombrables profecías ocultas. Por desgracia, nuestro héroe no conocía el código morse, por lo que el mensaje de aquel dedo resultaba indescifrable. Derrotado, Acisclo se encendió su último cigarrillo, proyectando sombras chinescas sobre su calva.

Alex Highpear entró de nuevo en la habitación, cargando un bol de palomitas que depositó en el centro de la mesa. Alex y Acisclo comenzaron a comer de él, tomando un número razonable de palomitas con sus manos. Pero El Tormento Subjuntivo tenía otra forma de hacer las cosas. Utilizando la prohibida técnica alimentaria conocida como “la excavadora”, sumergió su zarpa izquierda en las profundidades del bol, extrayéndola poco después con al menos un tercio de todas las palomitas que el recipiente contenía. Ante la atónita mirada de Highpear y Acisclo, El Tormento las introdujo en su boca al mismo tiempo que comenzó un discurso que jamás fue pensado para concluir.

-Pues el otro día en la Dos echaren la de Demolition Man, esa del Sylvester Stallone y el de Blade. Me pusiere a verla aunque trabajárese al día siguiente, total que va de que un policía las liare pardísimas y lo congelaran y logo en el futuro lo metieren al microondas al grill y lo recalentaren y…

Sus sienes vibraban como locas y su descomunal frente sudaba sin control mientras su mano izquierda introducía ingentes cantidades de palomitas en sus fauces. Pese a la colosal cantidad de comida que contenía cada zarpazo, su verborrea no se veía alterada. Su sermón sobre aquella película era tan uniforme que impedía cualquier interrupción, y ni siquiera las muchas toneladas de palomitas que inundaban su esófago conseguían hacer mella en aquella lluvia de mortero gramatical.

Debido a aquel imparable discurso, su dedo anular se plegaba frenéticamente en cada sílaba tónica, provocando una acumulación de energía centrífuga que le hacía girar sobre el pequeño taburete rosa de Hello Kitty donde estaba sentado.

El Tormento Subjuntivo continuó:

-Pues cogiere el Stallone y cuando fuere a chingar con la Bullock pusiérese unas gafas como de porno pero total que el tío mandárele a cagar porque a él le fueren más los juegos analógicos de la Super Nintendo, y luego el de Blade atacáreles…

Un sobrecogedor estruendo interrumpió las palabras del obeso giratorio. La energía centrífuga acumulada por su incansable dedo anular le había hecho girar tan rápidamente sobre el escueto taburete que el suelo había cedido bajo sus pies. Tras un segundo estruendo, la planta de abajo también fue perforada, esta vez por el peso de aquel rufián relleno de palomitas. Lo mismo ocurrió con la siguiente planta, y con la siguiente y la siguiente. Cuando quisieron darse cuenta, El Tormento Subjuntivo estaba precipitándose hacia las profundidades inexploradas sin más ayuda que la de su insólito dedo anular, y todavía narrando los incontables detalles de aquella infame película.

Múltiples cascotes comenzaron a desprenderse del techo. Aquel edificio estaba a punto de venirse abajo. Highpear y Acisclo echaron a correr, intentando escapar de su absurdo y fatal destino. Las piernas de Highpear no habían sido diseñadas para algo que no fuera comer Doritos y jugar al Counter Strike, y tal cantidad de ejercicio era antinatural para su cuerpo, por lo que sus finos cuádriceps flaquearon, dejando a su dueño en la estacada.

Acisclo abrió la puerta vislumbrando la salvación, pero entonces cayó en la cuenta de un terrible detalle: se había quedado sin tabaco. Tenía que volver a por Highpear. Echando la vista atrás divisó un montón de cascotes de los que sobresalían las sarnosas zapatillas de zoco de su amigo. Tras liberarle de su prisión de cemento y protegiéndose la cabeza de la interminable lluvia de escombro, arrastró a su fiel secuaz fuera del perforado apartamento justo antes de que el edificio colapsara. Un enorme cráter mostraba una ventana a las entrañas de la tierra, y un lejano estruendo indicaba que El Tormento Subjuntivo aún seguía cayendo, perforando placas tectónicas a su paso.

Alex Highpear era ahora un si techo, por lo que se quedaría en casa de Acisclo durante una temporada. Al día siguiente los noticieros de todo el globo abrieron con la noticia de un repunte en las actividades volcánicas. ¿Acaso el embrutecido cuerpo del devorador de palomitas había alcanzado el núcleo del planeta, liberando así magma de las profundidades y poniendo en peligro a toda la humanidad? ¿Era posible que su estómago relleno de palomitas y licor caducado hubiera reaccionado con alguna arcana bolsa de gas, reactivando volcanes dormidos? No tenían la respuesta. Pero al fin Acisclo tenía a alguien para que le ayudara con la limpieza de la ruinosa pocilga infame a la que llamaba hogar.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

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Colaboración de Stonergëk

Stonergëk, mis murcianos favoritos y responsables de geniales escritos de muchos géneros diferentes y que podéis leer aquí: https://stonergek.com me han enviado un relato crossover de Acisclo con Don ambientado en su tierra; un encuentro ciclópeo en el que dos grandes paladines de la nocturnidad y la ingesta espirituosa mirarán a los ojos a la locura e intentaran sobrevivir a la bizarra noche murciana, tratando de embriagarse tanto como les sea posible.

Desafíos estomacales, mezclas etílicas prohibidas, tapas del inframundo, sobrasada pagana, seres interdimensionales , y sobretodo muchísima cerveza se dan cita en este genial relato. Espero que disfrutéis tanto como yo de su lectura.

Muchísimas gracias Stonergëk por todo el apoyo y por tantos grandes relatos. Y muchísimas gracias por este homenaje a Acisclo. Pronto nos veremos.

https://www.instagram.com/stonergek/

La Ruta De La Tapa

Un acontecimiento de proporciones bíblicas se presentaba ante Acisclo: “La Ruta de la Tapa”. Lejos de su hogar, se llevaba a cabo una bacanal de cerveza y pinchos de morcilla que el deteriorado estómago de nuestro protagonista no podía desaprovechar.

A través de una línea caliente que un amigo le había recomendado, nuestro héroe conoció a Don, un excéntrico Murciano amante de la Estrella Levante y las vomiteras nocturnas. Intercambiaron algunas fotos que lo convencieron de su existencia y, sin dudarlo un instante, se embarcó en su Seat Ibiza, el cual llevaba todos los testigos tapados con cinta americana, rumbo a Murcia para deleitarse con los placeres carnales que aquel lugar pudiese ofrecer.

Una perturbación cósmica inquietaba a Acisclo, notaba como si algo siniestro se revolviese en las entrañas de la provincia mediterránea, pero ya estaba acostumbrado a cruzar el velo entre la realidad y la borrachera.

A ritmo de Barón Rojo, Acisclo llegó a su tan ansiado destino, La Plaza de las Flores… O de los olores, porque la fiesta ya había comenzado y los más entusiastas estaban descomiendo trozos de salchicha a medio masticar entre los contenedores de basura, cosa que no desagradó al maño, significaba que aquello podía ser memorable. Una llamada bastó para encontrar a Don en un bar de la zona, poniéndose morado a cerveza y sobrasada con queso.

-Vaya, ¿Así que tú eres Acisclo? – Dijo Don con desdén. Llevaba puesta una camiseta de Jack Daniel´s roída por el sobaco y unos pantalones militares de lo más escabrosos. – Te esperaba más bajito y demacrado.

-Las fotos que te envié por e-mail eran de internet. ¿En serio te pensabas que era Pablo Motos?

A lo que el murciano contestó -ya decía yo que ese tío me sonaba de algo…Siéntate amigo y bebamos.

Los dos comenzaron la debacle de la birra y Don pidió la especialidad de la casa para su nuevo amigo. El camarero, que llevaba un delantal blanco lleno de manchas y un bolígrafo apoyado en la oreja, trajo una bandeja plateada con una cubierta del mismo material. Cuando destapó el plato, Acisclo descubrió algo que claramente estaba descompuesto desde hacía años por el olor.

Parecía poco apetecible y sabía que era una jugada arriesgada, por un momento pensó en dejarlo correr y probar un bocado menos insalubre. Pero aquel día, se encontraba en su elemento y se dispuso a poner a prueba su buche una vez más. Tragó saliva, se santificó como un torero en la plaza e introdujo esa masa informe de color extraño en su boca. Estaba bueno.

Discutieron durante horas sobre la calidad de los grupos de metal español hasta que anocheció y Don propuso a Acisclo ir de caza por Murcia. –Conozco un sitio cerca, pero te advierto de los horrores inenarrables que puedes encontrar a altas horas de la noche.

Nuestro protagonista no temía a lo paranormal, había sobrevivido durante años a los envites de lo extraño en Zaragoza y aceptó la propuesta.

Llegaron a las puertas de una especie de discoteca con luces de neón que ponía “La Gruta”. El nombre no inspiraba mucha confianza y menos el gorila ruso con cara de pocos amigos que custodiaba la puerta.

 -Espero que tengas un plan para entrar – dijo Acisclo acabándose un litro Steinburg el cual había conseguido de una tienda asiática cercana.

-No te preocupes.- Don se aproximó al portero y dijo “¿Qué pasa Vlad?” al más puro estilo  afroamericano de El Bronx. A lo que este respondió “Hoy no Vlad”, seguidamente le indicó que se pusiera en una larguísima cola de gente que ya había perdido toda esperanza de entrar y se aferraban fuertemente al cordón de terciopelo intentando colarse en la fila por los costados. Aquello era una imagen deprimente.

Don volvió junto al maño y manifestó con tristeza –no nos deja entrar.- Acisclo puso su mano sobre el hombro del murciano y puso rumbo a la puerta con paso decidido y barriga bamboleante. Se acercó al portero susurrándole algo al oído en ruso. Al instante, el portero indicó que los dos compañeros que pasasen al local.

Don no sabía como lo había conseguido, pero tampoco iba a preguntarlo, el caso es que estaban dentro y la fiesta les esperaba.

Pasaron de la cerveza a los vasos de cubalitro por cinco euros, que contenían una mezcla grumosa de vino blanco y ginebra acompañado de una pajita de colores y una sombrilla con una calavera en la punta. Aquel lugar removió algo en Acisclo, le agitaba, aunque quizás fuesen gases provocados por la cebolla y la sobrasada.

Don desapareció por unos segundos y volvió con dos cartoncitos ilustrados con un pulpo en el centro. – Prueba esto compadre, no te vas a arrepentir. – Después de lo ya mostrado, poco importaba una droga más que menos.

Ambos vagaron durante horas por el pub hasta que volvieron a sus cuerpos. Ya era muy tarde, solo quedaban orcos de las cavernas moviéndose salvajemente sin música, mientras el portero las acompañaba amablemente a la puerta.

Acisclo no se podía marchar de allí con las manos vacías, así que buscó desesperadamente en la barra por alguna mujer que estuviese tan borracha como para obviar sus pintas de pordiosero. Efectivamente, había una.

Era bajita, morena, y tenía cara de troll. Te hacía dudar de si era un hombre o incluso de si era humana, esa cosa era horrible.

No era un diez, quizás no era ni un tres, pero a nuestro héroe eso poco le importaba, tenía que hacerla suya como fuese. Se acercó a ella sin prisas, no sin antes rebañar un par de vasos que quedaban en la barra. Ante la atónita mirada de Don, comenzó a hablar con ella.

Cuando estaba a punto de lanzarse, unos tentáculos violetas salieron de su escote e intentaron atraparlo. Con un rápido movimiento de caderas, esquivó el ataque de ese ser y cogió un taburete para protegerse. Una voz de ultratumba retumbó en la mente de Acisclo, “Usa el Jäger”, era Don, que se debatía entre la vida y la muerte agarrado a la máquina de tabaco.

Haciendo caso a su escudero, tomó un chupito a medias de la barra y lo lanzó a la cara del monstruo que sorprendentemente comenzó a desintegrarse. Los dos corrieron hacia la salida, marchándose del pub sin pagar la cuenta, al tiempo que el camarero gritaba puño en alto.

-¿Cómo sabías que el Jäger era su debilidad?

-¿Te has leído alguna vez la etiqueta de esa cosa? Su principal compuesto es matarratas y alcohol para las heridas. Si eso no acababa con ella, no sé que lo habría hecho.

Ambos llegaron fatigados al coche de Acisclo y se despidieron de la bonita velada que había compartido.

Como todos los años, La Ruta de la Tapa había sido un éxito.

Crossovers Cósmicos Ebrios en… Murcia

El Amanecer de los Carbohidratos

Aquella mañana Acisclo se encontraba revisando cuidadosamente el contenido de su buzón. Gustaba de acompañar su nutritivo desayuno, que consistía en un cigarrillo proteico y un jarajillo (un carajillo pero más abundante servido en una jarra), de la emoción y la incógnita que le proporcionaba vaciar su buzón y descubrir qué sorpresas postales le aguardaban. Hemos de recordar que la vida de nuestro héroe por aquel entonces era austera, casi la de un ermitaño, un místico o la de un náufrago loco, y su frágil mente encontraba gozo en las cosas sencillas de la vida. El abultado taco de papel iba reduciéndose tras el escrupuloso escrutinio que las amarillentas manos de Acisclo ejecutaban, desechando inútiles facturas y conservando folletos publicitarios de establecimientos de comida rápida que pegaría en su nevera, creando así un collage profano del gordesterol. Fue entonces cuando lo vio.

Era un tipo de publicidad que jamás había visto hasta entonces. Narraba la historia de un extraño lugar, un sitio donde no se servía ni comida ni bebida, y donde la gente permanecía varias horas, dedicando su tiempo a actividades tan absurdas como saludables. Acisclo no podía creer que ningún establecimiento se mantuviera a flote sin un grifo de cerveza, pero así era. Se trataba de un panfleto de un gimnasio. Según aquel cacodemoníaco pergamino, su portador sería recompensado con una sesión gratuita en dicho centro deportivo con la entrega de dicho folleto.

Acisclo se dirigió al cuarto de baño. Su destartalada casa de Alférez Rojas había sido diseñada por un lunático, y la entrada del excusado era tan estrecha que había que ponerse de lado para acceder a él. Se miró al espejo durante unos segundos y se despojó de su camiseta de Saxon. En el espejo, una escuálida figura le devolvía la mirada. Sus costillas sobresalían, dando a su torso el aspecto de un pálido xilófono. Sus hombros y brazos tenían aproximadamente el mismo grosor que sus falanges, y sus impíos codos resultaban extremadamente puntiagudos, como los cuernos de una gárgola.

Desolado por la visión de su marchita masa muscular y contemplando un cuerpo que se asemejaba más al de una momia egipcia que al de un treintañero, decidió acudir a aquel absurdo templo de la salud, creyendo en vano que unas cuantas sentadillas iban a enmendar los estragos de una vida dedicada a la nocturnidad y a los infernales licores maños. No tenía atuendo con el que acudir a tan inusual evento, por lo que se puso la camiseta más arcana que pudo hallar y salió a encontrarse con su destino.

Su llegada al gimnasio Mentzer no estuvo exenta de terror. Una criatura inenarrable salió a su encuentro. Sus aglutinados e imposibles músculos formaban un traje de entrecots que rodeaba todo su cuerpo. Su piel anaranjada parecía haber sufrido los efectos gratinadores de un horno para pizzas y su peinado, que emulaba un bosque de enfurecidos cipreses, era tan estrambótico como amenazador. ¿Qué demonios era aquel ser?

Pese a su pesadillesco aspecto, el monstruo se mostraba afable con nuestro protagonista. Con una deslumbrante sonrisa, la criatura se presentó ante Acisclo.

-Hola me llamo Zedgio, zeré tu monitod. Dime, ¿qué gdupo muzcular te guztadía entrenad?.

Acisclo vaciló. No conocía los usos y costumbres de aquel lugar, por lo que decidió que se pondría en las doradas manos de aquel gólem.

-Un poco de todo Sergio, no he hecho deporte en mi vida. -Contestó Acisclo.

-Zedgio.

-Disculpa, Zedgio. Lo dicho, entrenamos lo que veas porque yo no tengo ni idea. -Dijo Acisclo.

-De acueddo, vamoz a ello. -Declaró el titán.

Zedgio guió a Acisclo a una absurda sala llena de artilugios desconocidos, repleta de insólitas criaturas que dedicaban un cuarenta por ciento de su tiempo a ejercitarse y el sesenta por cierto restante a hacerse autofotos con sus teléfonos móviles. Sus cuerpos no albergaban vello alguno. Formaban una masa ruidosa de bebes gigantes que, no contentos con su inhumano aspecto, trabajaban duramente para aumentar aún más la talla de sus protuberancias musculares. Aquello era el infierno.

-Primedo vamoz a ver cuántoz prezz de banca puedez haced. Azí medidemoz tu rezpuezta caddíaca. -Dijo Zedgio.

-¿Te pasa algo en la boca? -Preguntó intrigado Acisclo.

-Todo lo contdadio. -Respondió el monitor. -Ezte ez el zonido de una lengua ejedzitada hazta la hipedtrofia. Para mi el que zuena raro erez tú.

-Po vale. -Dijo Acisclo, subiéndose a aquel ingenio mecánico. Agarró la barra que quedaba frente a él mientras permanecía tumbado en aquella angosta camilla, y comenzó a levantarla. Su organismo se sobresaltó ante aquella quema de reservas energéticas tan absurda como inesperada. Cerrando sus ojos, nuestro héroe siguió empujando mientras visiones de arroz hervido, pechugas de pollo y camisetas talla XS invadían su mente. Estaba alcanzando un estado de consciencia hasta entonces desconocido, cuando un súbito sonido le sacó de su trance, seguido por otros dos más que sonaron en la lejanía. Abrió los ojos, y observó que de su cuerpo brotaba una condensación etílica que dificultaba la visión a su alrededor. El alcohol acumulado en sus poros durante décadas había sido liberado, y los habitantes de aquel mundo no habían podido resistir tanta toxina junta. Varios levantadores de pesas se habían desmayado, y el resto se agolpaban contra las paredes ,atemorizados. Zedgio se había tapado la vías respiratorias con su diminuta camiseta de tirantes y tosía con su poderoso cuello, derribando máquinas con cada bocanada de aire que abandonaba su esófago. A medio camino entre la sorpresa y el enfado, miró a Acisclo, espetándole:

-Joded chaval que pezte a whizky, ¿pero cuánto bebez? Vaz a modid pdonto cabdón.

Nuestro héroe estaba exhausto. Aquel extraño artilugio le había agotado sobremanera, y la falta de oxígeno en la sala no mejoraba la situación. Decidió que lo más prudente sería tomar un tentempié para poder continuar con aquel sinsentido deportivo. Abrió su riñonera y sacó un bocadillo de queso curado que había preparado, consciente de sus altas probabilidades de desfallecer.

Al retirar el papel de aluminio, un atronador silencio le detuvo. Miró a su alrededor, y observó con horror que todos los allí presentes le miraban con ojos desorbitados. Sus bocas estaban abiertas y mostraban dientes tan blancos como los azulejos del baño del bar Brasilia. Zedgio rompió el silencio.

-Pedo… ¿qué hacez? Ezo zon grazaz zaturadaz y cadbohidratoz, zon caloríaz vacíaz… Todo el entdenamiento ze va a ir al garete…

-También lleva un poco de Alioli. -Respondió Acisclo.

Todos los forzudos salivaban salvajemente, y se habían formado charcos de bebida isotónica a sus pies. Uno de ellos rompió el silencio, aullando enloquecido:

-¡Joder no puedo más! Estoy harto de tanta mierda hervida y tanta ensalada. ¡Dame un trozo por dios! -Otro gritó: -¡No! ¡Es mío, yo estaba antes en esa máquina! ¡Dame un poco por favor!

Zedgio, que era el más poderoso, se abalanzó sobre Acisclo, quien le esquivó mientras le asestaba un mordisco a su bocadillo, liberando así los tenebrosos aromas del queso curado y el aceite en todo su esplendor. Los rostros de los deportistas se desencajaron todavía más, revelando que ya no eran dueños de sus instintos y que la fuerza que les movía era el hambre. Un hambre terrible que exigía grasas y que se había hecho fuerte debido al absurdo ayuno calórico al que se habían sometido. Ésta había tomado el control absoluto sobre sus mentes y no se detendría ante nada.

Todos ellos comenzaron a perseguir a Acisclo, que devoraba tan rápido como podía su almuerzo, deslizándose por los estrechos recovecos de las máquinas de ejercicio por los que sólo él cabía, ganando tiempo hasta dar con un plan.

Entonces vio cómo Zedgio, el mazado alfa, derribaba a sus compañeros de mancuernas en una frenética carrera por arrebatarle su preciado bocadillo de queso. Apenas se encontraba a unos metros de Acisclo, que ya rezaba sus últimas plegarias, cuando éste cogió una loncha de queso y se la lanzó a la frente en un fútil intento por detener su rabiosa hambre. El resultado fue sorprendente. Zedgio se detuvo en seco, y sus enloquecidos ojos se iluminaron. Antes de que tuviera tiempo de despegar el queso de su cráneo y llevárselo a la boca, una nube de músculos se lanzó sobre él. Todos los forzudos lanzaban terribles dentelladas para hacerse con la preciada loncha, cayendo sobre Zedgio en una orgía de golpes, mordiscos y zapatillas deportivas fosforitas. En cuestión de segundos ya no quedaba nada de Zedgio. Había desaparecido completamente. El resto de deportistas se alejaba mansamente, como una manada de lobos que había acabado de devorar un festín. El hipertrofiado cuerpo del monitor había sido capaz de calmar su hambre, pero ¿por cuánto tiempo? Acisclo salió silenciosamente de la sala, ocultando su tentempié bajo su camiseta del Pryca, y se alejó de aquel lugar tan rápido como pudo, degustando un merecido cigarrillo Fortuna tras un exhaustivo entrenamiento.

Los culturistas habían probado la carne humana con queso, y una vez se degustaba aquel plato prohibido la mente se volvía esclava para siempre de ese sabor, buscando sin descanso experimentar ese prohibido frenesí una vez más. Parecía que Zaragotham contaba con un horror más en sus levíticas calles. Los terribles culturistas caníbales se unirían a las filas de las tinieblas, cada vez más numerosas en aquella maldita ciudad, en la que todos los días triunfaba la oscuridad.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

Un tipo peligroso

De entre los muchos terrores que asolaban Zaragotham, algunos eran humanos. Procedían del mismo mundo que nosotros, pese a que el azar o quizá simplemente la mala suerte les hayan llevado por senderos muy alejados de los que, como sociedad, hemos elegido recorrer. Aunque sería poco prudente olvidarnos de las ocas grises, los Fluvis de las profundidades, los híbridos hombres pájaro, los espectros chupiteros o de cualquiera de los muchos terrores extraterrestres que poblaban la ciudad, no debemos ignorar nuestra responsabilidad parcial como sociedad sobre la existencia de algunos locos peligrosos. Esta es la historia de uno de ellos.

Loquillo era un tipo peligroso. Era apodado así cariñosamente por su sufrida madre, quien cargaba con un hijo tan violento como imprevisible, y que sólo encontraba consuelo jugando a las tragaperras y comerciando en el sórdido y clandestino mundo de los mercadillos de barrio. Loquillo gobernaba la urbanización Parque Milán con puño de hierro. Era un hombre corpulento, de casi dos metros de altura y de constitución robusta. Lo que el destino había bendecido genéticamente lo había maldecido neuronalmente. Su temperamento era explosivo y cambiante, y disfrutaba de atemorizar a los enclenques habitantes de Las Delicias haciendo uso de su inconmesurable fuerza bruta. Las comisuras de sus labios portaban saliva sedimentada de tiempos inmemoriales, y se habían tornado blanquecinas y tan duras como el pladur. Pero eso no era todo. Loquillo poseía una antigua reliquia, un arma poderosísima conocida como la Chaquetilla de Yuggoth. Numerosos eran sus bolsillos, y cada uno albergaba un horror diferente. Pocos habían visto el interior de uno de sus bolsillos y habían vivido para contarlo. Se dice que Loquillo la heredó de su desaparecido padre, un aficionado al espiritismo que puso pies en polvorosa durante su infancia al ver que su hijo de tan solo seis años derribaba muros con sus manos desnudas.

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Acisclo se encontraba junto a Invhéctor, el famoso troglodita y artista marcial, y ambos disfrutaban de una refrescante cerveza Ambar en los aledaños del centro cívico Delicias, donde el neandertal solía ir a entrenar su Kung Fu prohibido. Aquel era un día lluvioso, por lo que los clientes se apelotonaban en el porche del bar, inhalando humos de extrarradio. Estaban debatiendo sobre las ventajas de las elaboradas técnicas de los estilos de Kung Fu del norte sobre los escuetos aunque efectivos ataques del estilo Wushu del sur, cuando observaron a una entrañable maruja, con su reglamentaria bolsa de plástico en la cabeza, llorando desconsolada.

Ambos se acercaron a ella, e Invhéctor emitió un gruñido intentando consolarla. La confusión causada por la incapacidad de la señora para entender su jerga jurásica la sacó de su estado de terror momentáneo, y permitió a nuestro alopécico héroe interrogarla sobre lo sucedido. Esto fue lo que les dijo.

-Salía del Mercadona de Parque Milán con las bolsas de la compra cuando, al pasar por al lado del fotomatón de la plaza Villasorda, una mano enorme brotó de él agarrándome el brazo, y me preguntó: “¿Qué llevas en la bolsa?”, a lo que respondí “Pomelos…”. Tras unos segundos, el hombre de dentro del fotomatón contestó: “Pomelos quedo yo.” Y me los quitó. Me robó mi compra sin piedad alguna. Ha sido Loquillo estoy segura, siempre va a beber Coca Cola a ese fotomatón. Es un monstruo… -La aterrorizada dama reanudó su llanto.

En su dialecto cavernario, Invhéctor gruñó: -Esto clama venganza. -Acisclo pasaba de líos, pero recordó que después de cada batalla, Invhéctor solía darse un homenaje en el kebab más cercano. Quizá le invitaría a un Durum si le acompañaba. La posibilidad de comer kebab gratis bien merecía la pena arriesgar el pellejo, por lo que el famélico Acisclo se decidió a acompañar a su neolítico amigo a hacer justicia, mientras se encendía un cigarrillo proteico que prepararía sus alvéolos para la huida si las cosas torcían.

Así pues, la extraña pareja llegó al fotomatón donde Loquillo se refugiaba, e Invhéctor comenzó a acariciar su melena, aumentando su Ki y preparando su mente para el combate. Tras unos segundos, mientras adoptaba una posición de caballo cuadrado, el troglodita proyectó una orbe de energía sobre el fotomatón, haciéndolo añicos. Casi al instante, Loquillo se alejó de la explosión con un vertiginoso salto.

El colosal lunático cayó sobre sus pies frente a nuestros amigos. Con unos ojos más separados que los de un herbívoro, observó detenidamente a nuestros héroes, tras lo que espetó:

-No se quiénes sois, pero vais a desear no haber estado aquí cuando estaba yo, porque estoy yo y no me gusta que estéis aquí. Y si yo estoy aquí pues aquí no podéis estar si estoy yo, ¿estamos?

No cabía duda. Estaba loco. En el preciso instante en el que terminó su ominoso discurso, se lanzó al ataque. Sus enormes y peludos puños atacaban de forma vertical descendente, como execrables martillos de la locura que jamás fueron diseñados para crear, sino para destruir. Las depuradas técnicas de Kung Fu de Invhéctor conseguían bloquear los enfurecidos ataques del titán, quien enfurecido dio un paso atrás, arrancándose una de las rocosas sedimentaciones de la comisura de sus labios y lanzándola contra el troglodita. Era demasiado pesada como para bloquearla, y demasiado grande como para esquivarla. La incolora roca impactó contra Invhéctor, lanzándole lejos de allí. Acisclo se encontraba frente a frente con la locura. En un arranque de coraje, corrió hasta el cubo de basura más cercano y comenzó a lanzar a Loquillo su contenido. Éste se mostraba inmune a los numerosos recipientes vacíos que caían sobre él, y aprovechó el momento para abrir un bolsillo de su temible Chaquetilla de Yuggoth y sacar una botella de Coca Cola, de la que procedió a beber, presa de un éxtasis inimaginable. No mucho después, Invhéctor aterrizo frente a los dos oponentes, cogiendo a Loquillo con la guardia baja, quien derramó su preciado refresco. Abrió otro de sus bolsillos, y unos blasfemos hongos comenzaron a brotar de él mientras se oía un reverberante zumbido. Cogiendo un puñado de ellos y pronunciando las sagradas palabras YU-GI-OH!, un rayo púrpura salió disparado contra Invhéctor, que trató de bloquearlo con sus involucionados antebrazos, aunque apenas podía resistir su choque.

La situación era desesperada. Acisclo observó algo que había quedado en el suelo entre los dos contrincantes. Era un recipiente redondo, y por su aspecto era inequívocamente sagrado. Nuestro héroe desconocía su procedencia o uso original, pero al posar sus ojos en él algo ocurrió en su interior.

Su estómago comenzó a arder. De repente, innumerables sabores de licores paganos inundaron sus papilas gustativas. Entonces lo comprendió. No era su estomago lo que estaba reaccionando, era su hígado. El poder de las endrinas le dominaba, y supo que los dioses del pacharán le estaban brindando su fuerza. Con una patada, acercó el redondo recipiente a los pies de Loquillo mientras una anaranjada luz brotaba de sus entrañas. Era una fuerza muy poderosa, y estaba a punto de liberarse. Acisclo sólo tenía una oportunidad. Acercando sus ambarinas manos al desconcertado gigante, berreó unas palabras que desconocía pero que por alguna razón inundaban su mente: ¡MA-FU-BA!

Un torbellino de energía brotó del hígado de Acisclo, atrapando a Loquillo en él e interrumpiendo su ataque eléctrico contra Invhéctor. El torbellino giró sin control, comprimiendo el cuerpo del titán y zambulléndose en el sagrado recipiente, quedando sellado y atrapando al cruel coloso bajo un símbolo de poder de naturaleza etílica desconocida.

Acisclo cayó de rodillas, agotado. No entendía qué había pasado. Invhéctor tampoco salía de su asombro. Lo que habían presenciado no tenía sentido. ¿Qué fuerza se había apoderado de Acisclo, y por qué había reaccionado a la visión de la sagrada caja de galletas? Estaban lejos de conocer la naturaleza de aquellos eventos, pero una cosa estaba clara. Se iban a clavar un kebab, y pagaba Invhéctor.

Entregaron la caja sellada a la señora, quien pese a haber comenzado el día siendo la víctima de Loquillo, pasaría el resto de sus días siendo su carcelera. Tras despedirse, se adentraron en el kebab más oscuro que pudieron encontrar, abandonándose a los placeres de la comida turca y los bocadillos de carne mixta: una justa recompensa tras una batalla que había revelado un ápice de todos los misterios que Acisclo estaba aún por descubrir.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

La Atunada de Tíndalos

Acisclo suspiraba frente al espejo de su ruinoso cuarto de baño. Como cada mañana al levantarse, se afeitaba los laterales de su despejada cabeza, tratando en vano de conservar la dignidad estética adoptando el look de un monje Shaolín. No había gran cosa que hacer, y su absurda rutina de rasurado resultaba tan futil como la limpieza de una casa que está a punto de derrumbarse.

Pese a que la parte superior de su cráneo estaba exenta de cualquier rastro de su juvenil melena azabache, una pagana línea recta de cabello oscuro por encima de las orejas le brotaba hercúlea, como una corona de laurel trepidante. Esa solitaria línea de pelo parecía tener el poder de todos aquellos difuntos folículos que otrora habían poblado la calva de Acisclo. Era El Donut Del Poder. Acisclo no lo sabía entonces, pero tanto poseer El Donut Del Poder como el hígado cósmico le identificaban como aquel que habría de salvarnos del caos definitivo. Pero eso es otra historia.

Su plan era reunirse con El Bramido Reptante (el jamador de jamones, la carcajada flotante) y con Charles P. Tanque, el famoso numerólogo. Pese a su fama mundial y a su extenso estudio de lo desconocido, sus orígenes eran humildes. De hecho, había sido compañero de instituto de Acisclo y El Bramido, presenciando actos que le marcaron para siempre. Era una rara avis, ya que fue el único del grupo de amigos que terminó bachilerato, y era considerado un sabio por todos los habitantes de Las Delicias.

Charles P. Tanque acababa de regresar de una expedición arqueológica en el desierto de los Monegros y al parecer había hecho un hallazgo increíble. Había reunido al hombre y al ente que mejor conocía en este mundo en su casa para hacerles partícipes de su descubrimiento. Así pues, Acisclo y El Bramido Reptante llegaron al apartamento del numerólogo, quien les recibió bastante alterado, pero mostrando sincera alegría por reencontrar a sus antiguos compañeros de fechorías adolescentes. Les invitó a pasar, y apartando arcanos grimorios y tomos polvorientos de los asientos, Charles P. Tanque procedió a narrarles su terrible historia.

-Necesito contarle esto a alguien y se que vosotros no me juzgaréis. Se que ambos habéis sido testigos de sucesos inexplicables. Algo está pasando en Zaragoza y sus alrededores. Una anciana fuerza parece haber despertado, abriendo viejas criptas y liberando bestias de cárceles subterráneas que jamás deberían siquiera haber pisado la Tierra. Esta ciudad alberga peligros inimaginables, y creedme, esto no ha hecho más que empezar…

Sus manos temblaban y sus hundidas ojeras le daban un aspecto de vampiro otaku. Se notaba que llevaba varios días sin pegar ojo. Acisclo instó a su amigo a continuar. -Cuéntanos Charles, ¿qué podemos hacer por tí?.

-En realidad no sólo os he llamado para desahogarme. Me propongo realizar un experimento muy arriesgado y necesito que toméis nota de todo lo que ocurre; y si fuera necesario, entrar a buscarme. -Respondió el numerólogo.

-Un momento, ¿entrar a buscarte? ¿A qué te refieres? -Preguntó Acisclo.

-SEA LO QUE SEA, ESTA TIERRA NO ALBERGA NADA QUE YO TEMA. -Declaró El Bramido, haciendo levitar las pelusas de la habitación. Acisclo quedó en silencio durante unos segundos. Se encendió un Fortuna frotando una cerilla en la venerable barba de El Bramido Reptante, y declaró: -Te ayudaré, viejo amigo. Dinos qué hemos de hacer. -Charles P. Tanque sonrió y sacó dos Steinburgs de la nevera como gesto de gratitud, tras lo cual comenzó a contarles lo sucedido.

-Nos encontrábamos excavando en el desierto de Los Monegros. Estábamos buscando las ruinas de una antigua capilla que según se contaba había quedado sepultada por un movimiento sísmico alrededor del siglo XII. Tras varias semanas conseguimos encontrarla, pero un accidente fortuito en la excavación reveló un desconocido pozo bajo el altar de la capilla. Era angosto y muy profundo, por lo que decidimos dejar la exploración para el día siguiente. Aquella noche todo el equipo sufrió pesadillas similares, visiones borrosas de malignas criaturas hechas de humo que aullaban a un cielo compuesto por infinitas líneas. Por la mañana, la mayoría de los excavadores presentaron su dimisión. Sólo quedamos cinco académicos a cargo de la exploración del pozo. Dos de ellos desaparecieron la noche siguiente y el tercero se voló las manos a propósito con la dinamita sobrante en mitad de la segunda noche, sin parar de reír durante el proceso. Ya sólo quedábamos dos. Tras un arduo descenso, mi compañero consiguió alcanzar el fondo del pozo, y lo que halló superó todas nuestras expectativas. Me ayudó a subir lo que había encontrado con una cuerda, tras lo que me ordenó que me marchara. Él se quedaría allí abajo. Decía que jamás quería dejar aquel lugar, y que si alguna vez nuestra amistad había significado algo para mi, debía obedecer sus deseos y dejarle allí sólo sin hacer preguntas. Abandonarle allí fue lo más duro que he hecho en mi vida. Ahora no puedo detenerme, debo continuar, debo descubrir qué misterio se ocultaba bajo ese altar. Se lo debo. Se lo debo a todos. -El numerólogo estaba visiblemente alterado. Acisclo se entristeció, ya que su cerveza se había agotado, y pedir otra a su nervioso amigo en ese momento habría resultado muy brusco e inoportuno. Podía intentar robarle la suya a El Bramido, pero no quería morir tan joven. Charles P. Tanque se recompuso, y sacó de debajo del sofá una bolsa de tela polvorienta, de la que extrajo una extraña tablilla de piedra y un cubo, que parecía ser algún tipo de contenedor.

Charles P. Tanque continuó con su historia. -Esta tablilla fue grabada por una sociedad anterior a los romanos, y parece una cronología de los desastres que les sobrevinieron tras el descubrimiento de cierto snack de pescado y sus efectos psicodélicos, y que acabó por destruirles completamente. También incluye una lista de precauciones a tomar si se va a consumir dicha sustancia, de la cual encontramos varias muestras junto a la tablilla. Según esto, una porción de lo que este cubo contiene puede hacer que la mente humana abandone el cuerpo físico y se aventure por el cosmos con libertad. Dos porciones bastan para que las barreras del tiempo y del espacio se disipen, y tres porciones…

-¿Qué pasa pues si te tomas tres? -Preguntó Acisclo.

-Esa parte ha quedado dañada por el paso de los siglos y es completamente ilegible. A excepción de un pequeño extracto: “…y conoceréis la sed de Tíndalos”. Me dispongo a consumirla y quiero que permanezcáis atentos a todo cambio que mi cuerpo pueda sufrir y de todas las visiones que os iré relatando. Este es el snack sagrado. -El numerólogo les mostró el pequeño receptáculo cúbico que contenía aquella sustancia de leyenda.

Depositando varios cubos de aquel anciano pescado abominable en un plato de Carrefour, Charles P. Tanque engullió uno, masticándolo mecánicamente. Casi instantáneamente, su barbilla se llenó de grasa y sus ojos se tornaron blancos. Conservaba la capacidad de hablar, y comenzó a narrar sus opiáceas visiones. -Puedo ver mi propio cuerpo, y os veo a vosotros, estoy flotando y puedo moverme a voluntad. Es una sensación maravillosa. Me elevo atravesando piedra y cemento por igual y abandono el planeta. Estoy rodeado de estrellas y el Sistema Solar se empequeñece en la distancia.

El Bramido bebió el último trago de su cerveza, y levantándose rápidamente espetó: -Me voy al bar Cuberos. -Tras lo cual atravesó la ventana del salón del numerólogo, levitando y canturreando Héroes del Silencio, llenando la estancia de cristales rotos y trozos de madera y desapareciendo entre las nubes. Acisclo se había quedado sólo a cargo de Charles, que en ese momento relataba paisajes estelares que ningún humano había presenciado jamás. Sus pálidos ojos reflejaban un frenesí sin igual. -¡Dame otro trozo Acisclo! Necesito ver más allá.

Nuestro héroe depositó otro cubo de atún en las manos de Charles, quién lo devoró en un instante, llevándoselo a la boca con la voracidad de un San Bernardo ante una tarta desprotegida. Las venas de su cráneo comenzaron a hincharse y dejó escapar un grito de excitación, tras lo que dijo: -Puedo ver cómo empezó todo, puedo ver qué pasó después, y puedo ver como todo acaba y vuelve a comenzar, cientas, miles, millones de veces, todo el universo es un gigantesco reloj que vuelve sobre sus pasos para siempre… ¡Quiero ver qué hay detras! Esta dimensión ya no tiene nada que ofrecerme, necesito más. ¡Dame otro trozo, rápido!

Acisclo vaciló. -No sabemos qué puede pasar si te tomas otro, ¡déjalo ya Charles! Hay cosas que la mente humana no puede digerir. -Le contestó.

-¡Que me des otro trozo, calvo de los cojones! -Charles P. Tanque estaba fuera de sí. Acisclo cogió un tercer cubo de atún y se lo metió en la boca a su amigo, diciéndole: -Toma, tontolaba…

Charles P. Tanque comenzó a convulsionar. Espumarajos verdes con aromas de guisos precocinados inundaron sus fauces, y tras unos minutos que parecieron eternos se recompuso, y continuó narrando lo que veía.

No se donde me encuentro. Todo está lleno de hilos paralelos. Son de todos los colores y de ninguno. Todos brillan, aunque son salvajemente oscuros al mirarlos de cerca. He tocado uno, y ahora me hallo en una gigantesca ciudad de mármol que nosotros no podríamos llegar a construir nunca. Las torres atraviesan los cielos. Tocaré otro hilo. Ahora estoy bajo las aguas, y contemplo a un colosal dios que aguarda dormido. Veamos dónde me lleva el siguiente hilo.

-Tras unos tensos instantes, el numerólogo quedó petrificado y comenzó a gritar de una forma que hizo que la calva de Acisclo se agitara. -¡Por el amor de Pepe Navarro, qué son estas bestias? Casi me alcanzan, nadan tras de mi! Necesito volver, ¿dónde está mi hilo? ¡HE DE VOLVER, VIENEN A POR MI! ¡¡¡AYÚDAME ACISCLO!!!

Nuestro héroe corrió a la cocina. Necesitaba traer a Charles de vuelta. Sumergió su amarillenta mano de no muerto en un bote de café soluble, y con su apestosa zarpa cubierta de café, le dio un levítico sopapo al numerólogo que le tiró de la silla y le sacó de su trance. La planitud del golpe, sumada al efecto estimulante y ultra laxante del café soluble habían sacado a Charles de su estado catatónico lisérgico.

-Gracias a los cielos estoy de vuelta… ¡He visto algo horrible Acisclo! -Mascullaba Charles. -Unas bestias, mitad peces mitad humo, que moran en los ángulos entre el tiempo y el espacio. Cuando alguien se aventura a explorar sus planos y consiguen identificar su esencia, le persiguen para siempre. Espero haber huido lo suficientemente rápido. Creo que no me han seguido. Ahora… Ahora necesito descansar…

-¿Pero no me vas a dar nada de cenar? Te has comido tú todo el atún cabrón. -Respondió nuestro comprensivo protagonista.

-En otra ocasión, mi viejo amigo. Te agradezco tu ayuda, sin ti esos tenebrosos atunes me habrían atrapado y solo dios sabe qué me habría ocurrido.

-Bueno pues que sepas que voy a plantar un pino. -Tras sus heróicas palabras, Acisclo se retiró al cuarto de baño. Cuando casi había acabado de bendecir el lugar, un desgarrador alarido le sobresaltó. Salió del excusado y atravesó corriendo el pasillo. Contempló horrorizado como un abominable pescado flotante estaba mordiendo el cuello de su amigo Charles, absorviendo así toda su melanina y volviéndole pelirrojo para siempre.

Al entrar Acisclo, la abisal aparición se desvaneció. Quizá unos segundos más habrían bastado para acabar con la vida del numerólogo. Entre pequeños gritos involuntarios, Charles balbuecaba: -Han venido…. Han venido a llevarme. A su mundo. A la dimensión Omega 3. Ese no es lugar para un humano, pero ahora me quieren con ellos. Me vieron… vieron cómo les contemplaba, saben que he pisado su plano… jamás me dejarán marchar… ellos son eternos… son… SON LOS ATUNES DE TÍNDALOS.

Charles P. Tanque se desmayó. Una ambulancia no tardó en presentarse en la casa, y el ahora pelirrojo numerólogo fue internado en el centro psiquiátrico Golden Grahams.

Nadie explicó mucho a Acisclo sobre el destino de su enloquecido amigo, pero todo parecía apuntar a que Charles P. Tanque iba a permanecer allí una larga temporada. Acisclo sólo esperaba que no le dejaran sólo lo suficiente como para que los atunes de Tíndalos pudieran encontrarle de nuevo. Entonces cayó en la cuenta. El Bramido Reptante se encontraba en Cuberos, donde preparaban unas exquisitas tapas de boquerón, y el psiquiátrico no se encontraba muy lejos de allí. Aquellos malditos atunes del espacio habían conseguido abrirle el apetito.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza.

La Sonata Reptante

-Esta noche se bebe.

Esas fueron las cacofónicas palabras que El Bramido Reptante espetó a Acisclo a través del telefonillo del portero automático. Acisclo sabía que no era una sugerencia. Ni siquiera una invitación. Era un mero adelanto de lo que le deparaba el futuro. El Bramido no siempre se tomaba la molestia de anunciar sus intenciones, en ocasiones sencillamente se limitaba a apresar al desdichado que habría de acompañarle esa noche entre sus abominables manos y llevárselo volando hasta la tasca que Él creyera digna de su gaznate, como una cruel ave jurásica que reina los cielos y dispone a placer de los desdichados seres terrestres.

Acisclo se sintió acorralado, pero sabía que no tenía sentido luchar contra una fuerza de la naturaleza como era El Bramido. Se suponía que esa noche iba a ser una noche tranquila: Había abierto una lata de albóndigas y se disponía a visionar Starship Troopers por vigésimo quinta vez. Pero de nuevo los planes de los antiguos dioses que moran en los recónditos espacios entre las estrellas se habían interpuesto entre la humanidad y sus sueños terrenales. Se puso su agrietada chaqueta de cuero, se encendió un Fortuna, y abandonó sus sueños de carne enlatada y gore noventero, encomendándose a los santos y zambulléndose en la terrible odisea que El Bramido había dispuesto para él.

Ambas figuras atravesaron el barrio de Las Delicias rápidamente hasta llegar a su corazón, la calle Italia y alrededores, un área famosa por sus exquisitos Doner Kebabs y por haber sido el lugar de nacimiento del ilustre numerólogo Charles Potanque. La expresión de El Bramido se hizo más severa, y con una mirada tan penetrante como la aguja de un compás en las manos de un párvulo, declaró:

-Vamos a ir a ahí. -Estaba señalando un lejano karaoke que se antojaba muy cutre incluso para la zona. Acisclo tragó saliva. Sin duda el afán de autodestrucción de su sobrehumano compañero no conocía límites.

Al aproximarse a la entrada, el portero les detuvo. Su aspecto era inusual, por así decirlo. Su cara ambarina narraba la historia de un hígado que peleaba su último asalto y que esperaba como loco que su entrenador tirara la toalla. Su larga coleta y sus gafas setenteras contrastaban con sus anchas espaldas y sus brazos gigantescos. Era como si Steven Seagal y Frankenstein hubieran engendrado un hijo en un hotel de Chernobyl. Airado, preguntó a nuestros dos protagonistas:

-No tenéis mucha pinta de cantar. ¿Por qué no vais a otro sitio?

El Bramido Reptante soltó una abrupta carcajada que resquebrajó uno de los cristales de las lentes del portero. Mirándole con sus enrojecidos ojos le dijo:

-No te pongas tonto que estamos unos cuantos, y si queremos te reventamos el local.

La confusión del vigilante no conocía límites. Su boca se abría y cerraba una y otra vez, sin saber qué decir. Como casi todos los desdichados que se habían topado alguna vez con El Bramido, su mente se debatía entre la razón y la locura. Comprendiendo que se enfrentaba a un poder desconocido, abrió las puertas y permitió la entrada a nuestros héroes. Se adentraron en el karaoke Dean Martin, sumergiéndose en la sordidez más decrépita que Zaragotham podía ofrecerles.

La clientela del bar eran en su mayoría ancianos que degustaban sin mesura antiguos licores castizos. El Bramido sonrió, susurrando para sí mismo: -Este es el lugar. -Ambos se despojaron de sus abrigos y se aproximaron a la barra. Allí, una inenarrable criatura les atendió. Su pelo rubio platino parecía tan áspero como un feldespato, y su cara surcada de miles de arrugas imposibles sugerían que su naturaleza era más cercana a la de un árbol que a la de un ser humano. Una especie de sauce profano que vestía un top ajustado y que parecía salido de una pesadilla de J. R. R. Tolkien provocada por medicamentos caducados.

Acisclo, aterrorizado por aquel híbrido planta-mujer, susurró con voz temblorosa: -Dos… dos cervezas por favor…

El ser sonrió, dejando ver el interior de su tronco. Tras mirarles de reojo y encenderse un largo cigarro, declaró:

-Si queréis beber tenéis que cantar, vaqueros.

El Bramido Reptante rió enloquecido. Todo el local quedó en silencio. Con una mueca macabra, preguntó: -¿Cuál es la canción más larga de Héroes del Silencio, noble caducifolio? -A lo que ella respondió: -La Herida. -Los ojos de El Bramido se encendieron, y sellando su destino y el de Acisclo, dijo: -Sea.

Acisclo y El Bramido reptante subieron al maltrecho escenario. En el suelo de éste se apreciaba cómo chicles antediluvianos habían perdido todas sus propiedades elásticas y se habían convertido en oscuros discos de abandono y putrefacción. Tratando de esquivarlos, nuestro amigo se aproximó a su micrófono y La Herida comenzó a sonar.

La quebrada voz de fumador de Acisclo apenas era audible al lado del ronco trueno que brotaba de la garganta de El Bramido. Cantaron y cantaron, mientras numerosos clientes iban y venían. La interminable sonata les había colocado en una posición de observadores omniscientes, y presenciaron cómo incontables tiradas de jubilados se emborrachaban y se marchaban dando tumbos, siendo sustituidos por otros hasta el fin de los tiempos. El ciclo de la vida pasaba como un suspiro ante sus ojos. También observaron cómo cientas de estaciones invadían las hojas de la camarera, viéndolas tornarse verdes, luego rojizas, luego caer y más tarde brotar de nuevo. El aura de El Bramido aumentaba con cada gorgorito de Bunbury, y Acisclo supo que si su compañero ya era imparable antes, después de aquella canción no habría nadie en el sistema solar que pudiera hacerle frente.

Exhaustos, abandonaron la tarima entre aplausos de algún despistado y volvieron a la barra a degustar aquellas cervezas que sin duda se habían ganado.

La mujer sauce guiñó uno de sus profundos ojos, y sacando dos botellines dijo:

-Aquí tenéis vaqueros, os las habéis ganado.

Acisclo no podía creer lo que veían sus ojos. Les habían servido Cruzcampo, la cerveza más suave del mercado después de casi dejarse la vida en el escenario. Esto indignó profundamente a nuestro protagonista, pero su indignación fue interrumpida por una extraña luz que brotaba a su lado. Cuando miró a su derecha vio que El Bramido estaba envuelto en unas etéreas llamaradas doradas. Sus ojos brillaban como las luces de freno de un Renault Twingo, y las dos cervezas comenzaron a elevarse en el aire, entrando en ebullición.

-HEMOS PEDIDO CERVEZA, NO CRUZCAMPO. PAGARÉIS CON VUESTRAS VIDAS ESTA AFRENTA. -Bramó El Bramido.

Abrió sus manos y las colocó paralelas una frente a otra, y una antediluviana fuerza brotó de sus bestiales metacarpos. Los muros del local comenzaron a agrietarse y los clientes huyeron despavoridos. Todas las luces parpadearon y las bebidas hirvieron hasta llenar el recinto con apestosos vapores etílicos. Acisclo corrió hacia la salida, y cuando estaba a punto de alcanzarla una explosión cobriza le dejo ciego y sordo durante varios minutos.

Cuando recuperó el control sobre sus sentidos ya no quedaba ni rastro del karaoke Dean Martin, sólo una gigantesca mancha negra de hollín y los gritos de terror de todos los allí presentes. A lo lejos, en el firmamento, contempló cómo El Bramido Reptante se alejaba levitando, envuelto en los fuegos fatuos que había utilizado para destruir el karaoke. Acisclo sonrió. Parecía que al final sí que iba a poder disfrutar de los placeres de la carne enlatada y las carnicerías espaciales que le aguardaban en su hogar.

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La Liturgia Sónica

Algo había cambiado, Acisclo podía sentirlo. El delicado equilibrio cósmico de los bares del barrio de Las Delicias había sufrido una variación. Este desajuste energético despertó a Acisclo de un profundo sueño provocado por la ingesta masiva de cerveza Steinburg y San Jacobos. Sobresaltado, se levantó, y encendiéndose un Fortuna se decidió a salir a investigar cuál era el origen de aquella alteración en La Fuerza.

El primer lugar a registrar era el paseo Calanda por su elevado número de bares. Tras recorrer el paseo de arriba a abajo no encontró nada. Se aventuró por la zona más antigua del barrio, donde extraños ecos contaban a medias la historia de las distintas especies que una vez habitaron el barrio. Justo cuando casi se había rendido, Acisclo decidió probar suerte en la siniestra calle Arias. Y allí lo vio. En un anciano local habían inaugurado una cafetería y regalaban una tapa con cada consumición. Ya eran las doce del mediodía, por lo que las leyes de los dioses y los hombres aprobaban el consumo de cerveza. No es que a Acisclo le preocupara sobresaltar al resto de ciudadanos con su alcoholismo y su desfase horario, pero era agradable contar con el beneplácito de la sociedad de vez en cuando.

Nada más entrar notó algo escabroso en el ambiente. Una sensación pesada en el estómago le invadió, pero lo achacó a la accidentada digestión de algún rebozado nocturno. Eligió una banqueta frente a la barra y se dispuso a abusar de la promoción de la cafetería todo lo que le fuera posible.

Al fondo del bar había una zona más elevada con una tarima donde habían colocado diferentes muestras de té, así como varios accesorios para su preparación. Esto contrarió a nuestro protagonista, quien no comprendía la finalidad de tal bebida. La primera tapa que le dieron junto a su cerveza fueron unos calamares resecos que Acisclo no dudó en sumergir en mayonesa para facilitar su paso por sus infectas entrañas. De repente sintió un pulso, una onda que martilleaba sus despejadas sienes. El lugar carecía de hilo musical, así que asumió que algún vecino estaba haciendo obras o que escuchaba música a todo volumen. Con la segunda cerveza, unos torreznos salvajes aparecieron, y tras devorarlos sin levantar la mirada, Acisclo se sintió adormecido. Cerró los ojos, y por un segundo le pareció ver unas figuras semihumanas bailando una extraña danza a su alrededor. ¿Había sido una ensoñación provocada por los triglicéridos? No importaba. Sólo sabía que no quedaba ni rastro de su cerveza ni de los torreznos. Levantó su ambarina mano impregnada de nicotina y aceite de girasol, a lo que el camarero respondió con la entrega de otra cerveza y dos levíticas rebanadas de pan con una sustancia densa y sanguinolienta de origen desconocido.

Nuestro héroe se sentía como la primera persona en la historia que vio un ornitorrinco debió sentirse.

-En el nombre de Dios, ¿qué diablos es esto? -Preguntó Acisclo.

-Es jamón batido. -Respondió el camarero, sonriendo maliciosamente. -La especialidad de la casa.

Aquella pasta tenía la densidad suficiente para detener un proyectil antiaérero. Brillaba con la intensidad de diez soles debido a su alto contenido en lípidos… pero era gratis. Acisclo se armó de coraje y mordió la primera rebanada. Su paladar le llevó a lugares a los que pocos hombres habían viajado nunca. Enseguida entendió que aquel manjar no había sido creado para la humanidad, pero continuó comiendo. Al acabar la primera rebanada se sintió más somnoliento que antes, pero debía continuar. Si no se acababa la tapa quizá el flujo de comida gratis se cortaría, y no estaba dispuesto a correr ese riesgo. Aunando sus últimas fuerzas, lanzó tres terribles bocados que acabaron con la mística y pesada tapa. La rítmica vibración que había sentido antes sonaba cada vez más cerca, y notando su sistema totalmente abarrotado de gordesterol, sumergió su cabeza entre sus manos, dejándose de llevar por Morfeo y cayendo en un profundo sueño.

Acisclo viajó incontables eones hacia el pasado, pero no se movió de su banqueta. Se encontraba en el mismo bar, solo que estaba rodeado por unos extraños y deformes seres que bailaban frenéticamente alrededor de la elevada planicie donde antes se encontraba la exposición de té. En su lugar ahora había una figura que realizaba elaborados gestos sobre un altar, donde dos impíos discos giraban sin cesar, gobernados por un sacerdote de la locura que disfrutaba del ilimitado control que tenía sobre las danzantes huestes.

El sonido de sus cánticos y de la sinfonía mecánica que brotaba del altar era atronador. Los seres que lo rodeaban parecían producto de alguna fusión inenarrable de nuestra especie con otro tipo de criaturas, más violentas y rápidas que nosotros. Los machos de la especie llevaban ajustados ropajes, y sus cabellos habían sufrido alteraciones estrambóticas, sin duda fruto de la lucha constante que reinaba en aquel enloquecido ecosistema. Las hembras vestían túnicas blancas y sus cabellos eran de idéntica longitud y tonalidad. Todas ellas los llevaban recogidos de forma similar, lo que hacía imposible diferenciar a unas de otras.

Acisclo cayó al suelo, totalmente aterrorizado. Al fondo del bar, detrás del espantoso altar, divisó una ocultista representación. Un ídolo profano que coronaba el rito, y que con sus ojos negros como la noche se mantenía vigilante ante el tributo que aquellos seres le estaban rindiendo. Era un anciano con una larga barba blanca, vestía un holgado hábito del color del tomate frito y parecía levitar, sin importarle su ausencia de piernas. Aunque tenía atributos humanos bastaba con un vistazo para darse cuenta de que no lo era completamente, al igual que sus fieles. Acisclo se percató de que aquel ídolo se encontraba representado en todas las gorras de los machos de aquella especie y en la parte trasera de los pantalones de las hembras. Fue entonces cuando comprendió que, con el objeto de formar parte de aquel culto macabro, los hombres tenían que entregar su mente a aquel dios abominable, y las mujeres su fertilidad. Tal era el terrible sacrificio que aquella ruidosa entidad exigía.

El estruendo que salía del altar se hizo más y más insoportable, y el séquito bailaba frenéticamente. Algunos gritaban “¡SUBIDÓN!” “¡SUBIDON!”, otros bebían un incoloro brebaje de pequeñas vasijas transparentes. Cientos de decibelios perforaban los tímpanos de nuestro alopécico amigo, y fue entonces cuando el ídolo que coronaba la sala comenzó a moverse. Aquello era demasiado. En ese momento Acisclo emitió un grito que le sacó del trance, y despertando entre alaridos y sobresaltando a los ancianos de la cafetería, volvió a su tiempo y a su realidad. Corrió hacia el cuarto de baño, donde se lavó la cara e intentó calmarse. Sus amarillentas manos no paraban de temblar. ¿Había sido un sueño? ¿Acaso el jamón batido era alucinógeno? Se apoyó en un azulejo de la pared durante unos segundos, intentando dar un descanso a su exhausta mente, y al disponerse a salir y separar la mano del azulejo, éste cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos y revelando un hueco en el muro. Había algo escondido allí. Un objeto de otra era que había aguardado paciente el paso de los siglos hasta ser encontrado.

Acisclo introdujo su apestosa zarpa en el hueco. Notó algo liso y plano, y concediéndose un segundo para calmar sus nervios, extrajo la reliquia de su escondite. No podía creer lo que veía.

Aquel CD revelaba que ese lugar había sido un antiguo templo de culto de los desaparecidos makineros, una corrupta estirpe de seres que había aterrorizado la galaxia en el pasado. Las causas de su desaparición eran desconocidas, pero solían gobernar los parques con puño de hierro, asaltando a todo el que no perteneciera a su liturgia y se atreviera a atravesarlos. Lo que Acisclo había presenciado, aquella reverberación temporal, revelaba una grieta dimensional causada por el alto volumen de sus ominosas misas. Un rito que había quedado atrapado en el tiempo y que sin duda se mantenía en contacto con nuestro mundo por medio del único objeto que quedaba de aquella época y que había permanecido inamovible: La tarima donde habían colocado los distintos tipos de té y que antaño había servido como altar al sacerdote makinero, profanando aquel bar para siempre. Acisclo debía destruirlo.

Arrancando la tapa del inodoro, nuestro protagonista abandonó los servicios y se aproximó al antiguo altar. Empuñándola, golpeó con todas sus fuerzas la tarima una y otra vez mientras tarareaba el antiguo rezo “Highway to Hell”, con la esperanza de purificar aquel maldito lugar. Llovía té sobre las cabezas de todos los allí presentes. Tras varios golpes y ante la atónita mirada del camarero y el resto de clientes la estructura cedió, liberando incontables almas que seguían allí atrapadas debido a las malas artes de aquel culto pesadillesco. Victorioso, Acisclo rió levantando la tapa del wc por encima de su cabeza.

Tras un agradable paseo en coche hasta la comisaría le comunicaron que pasaría allí la noche. Los agentes no creyeron su historia, pero no importaba. Acisclo había hecho lo correcto y había conseguido que aquella deidad oscura perdiera un vínculo con nuestro mundo. El universo había recuperado algo de su perdido equilibrio. Además, aquella noche en el calabozo tocaba tortilla de patata.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

El Tullicorre

Acisclo estaba preocupado. Nadie había visto a Alex Highpear en varias semanas y no contestaba ni al teléfono ni a los mensajes de Messenger que le había estado enviando. Lupín y El Profesor habían estado de fiesta con él tres fines de semana antes y aseguraban no haber notado nada extraño en su comportamiento. Javichuelas le había dicho que tampoco sabía nada sobre su paradero, pero que si le veía le hiciera el favor de decirle que no tenía culo. Esto se debía a que, debido a la falta de interés por el deporte de Alex Highpear en su juventud, su masa muscular era inferior a la de una perdiz o un mochuelo común, lo que suscitaba numerosas bromas al respecto. También había timbrado a Invhéctor a su casa, pero no había obtenido respuesta. Lo más probable es que su primitivo cerebro de hombre de las cavernas no hubiera podido descifrar el funcionamiento del portero automático. No importaba. Acisclo estaba dispuesto a averiguar qué estaba pasando con su amigo de una vez por todas.

Highpear vivía en el místico barrio de Ciudad Jardín, una zona más controlada por gatos callejeros que por las leyes de los hombres. Se rumoreaba que no pocos caminantes habían caído presa de las hordas de gatos furiosos que vagaban por aquel distrito, que gobernaban con pata de hierro. En caso de aventurarse por aquellos lares, era imperativo portar algún tipo de obsequio para los felinos, o al menos realizar una ofrenda que contentara a las bestias.

Así pues, Acisclo se preparó para la travesía que le llevaría hasta la casa de su amigo. Cargó los bolsillos de su antediluviana cazadora de cuero de latas de sardinas y atún, y cogió también un ejemplar de la revista Quo. Por alguna razón nuestro héroe estaba convencido de que el apetito de los gatos de Ciudad Jardín no era sólo alimenticio, sino también intelectual. Sus numerosos encuentros imposibles con seres de más allá del cosmos y los terribles licores psicodélicos que había degustado durante años le habían enseñado a esperar lo imposible y a temer lo que no comprendía. En otras palabras, su cordura flaqueaba más día tras día.

Acisclo atravesó el pagano barrio de Las Delicias y penetró en el distrito salvaje de Ciudad Jardín. Se encendió un cigarrillo, pensando que quizá el humo camuflaría su olor y reduciría las posibilidades de que los despiadados felinos le encontraran. Por suerte, tal encuentro no se produjo, y pudo llegar a casa de Highpear sin sufrir ningún incidente ni ser devorado vivo por las bestias, lo cual era de agradecer. Al pulsar el timbre de Highpear, Acisclo sintió que algo no iba bien. Su amigo contestó con una voz ronca, y al comprobar la identidad de su inesperado visitante, abrió las puertas, permitiendo la entrada de su alopécico secuaz.

El hogar de Highpear solía estar ordenado y pulcro hasta el absurdo, habiendo llegado a los extremos de obligar a sus visitas a utilizar servilletas y posavasos. Pero lo que nuestro protagonista contemplaba no tenía nada que ver con lo que aquella casa una vez fue. Aquel lugar era el refugio de alguien que se había rendido y que de seguro temía salir al exterior. La acumulación de latas vacías de legumbres precocinadas, así como la inaceptable ausencia de cervezas demostraban los extremos a los que su reclusión había llegado. Apartando una pila de ropa sucia y de yogures naturales se hicieron sitio en el sofá, donde Acisclo interrogó a Highpear sobre su estado. Agarrando un cuenco de sopa de sobre con ambas manos y entre temblores, el atemorizado joven comenzó a narrar su historia:

-Hace unas tres semanas estuvimos de bares, y cuando ya no nos quisieron servir más Lupín y El Profesor se fueron a almorzar a La Cacatúa, pero yo me marché sólo a casa. Eran las cinco de la mañana y no había ni un alma por la calle. Había andado durante un rato cuando le vi por primera vez. Oí unos pasos a mi espalda, y al girarme encontré a un hombre con las piernas retorcidas y los brazos muy cortos a varios metros detrás de mi. Llevaba puesta una gabardina larga y un sombrero marrón. Parecía sufrir algún tipo de malformación en todo su cuerpo o haber sido víctima de algún accidente que le había roto los huesos: estaba totalmente encorvado. Su extraña postura y la lentitud con la que caminaba me dieron escalofríos, parecía que se iba a desplomar en cualquier momento. -Acisclo podía notar cómo se alteraba al recordarlo. Sin duda estaba totalmente traumatizado.

-Seguí mi camino y tras unas cuantas calles noté que alguien me miraba, así que me volví y encontré al siniestro tullido, caminando lentamente con sus piernas retorcidas. ¿Cómo es que no le había dejado atrás? Era imposible que caminara tan rápido como yo, pero allí estaba, a la misma distancia de mí que antes. Aquello me daba mala espina, así que aceleré el paso. Atravesé tu barrio andando todo lo rápido que pude. No estaba muy lejos de casa cuando miré a mi espalda y no te lo vas a creer, pero allí estaba otra vez. Había caminado a toda velocidad más de diez minutos, pero el tío estaba a cinco metros de mi, totalmente retorcido y moviéndose muy despacio. Seguí adelante haciendo como que no le había visto, pero no pude evitar volverme una vez más. -La voz de Highpear temblaba cada vez más.

-Justo cuando me di la vuelta, el tío se puso totalmente recto, estirando las piernas y los brazos. No le pasaba nada en absoluto, había estado fingiendo todo el tiempo y me había seguido casi hasta casa. Justo después de ponerse erguido, echó a correr hacia mi, totalmente enloquecido. Era… Era… ¡Era el Tullido que Corre! -Highpear palideció, y su gigantesca boca comenzó a vibrar como un chihuahua epiléptico.

-Corrí tan rápido como pude, pero oía sus pasos justo detrás de mi. Busqué en mis bolsillos algo con lo que atacarle, pero sólo encontré un ticket del Mercadona, así que hice con él una pelota tan sólida como pude y la lancé hacia atrás. Poco después escuché un sonido, algo así como “¡AUA!”. Le miré y vi que le había acertado en el ojo. Tuvo que parar un momento para rascárselo, lo que me dio unos segundos de ventaja y conseguí llegar a mi portal. Creía que se me iba a salir el corazón del pecho. Saqué las llaves y abrí la puerta, y una vez estuve dentro, la cerré con todas mis fuerzas. El Tullicorre se abalanzó sobre la puerta y comenzó a golpearla con el puño una y otra vez frenéticamente, mientras gritaba: “PERDONA, ¿TIENES UN MINUTO? ¿CONOCES GRANNYCEF? POR UN EURO AL DÍA PUEDES COLABORAR CON LA CREACIÓN DE UN CARRIL VIEJA POR DONDE LOS ANCIANOS PODRÁN CIRCULAR A VELOCIDAD REDUCIDA Y LAS CESTAS DE LA COMPRA TENDRÁN PRIORIDAD. ¿¡NO QUIERES COLABORAR!? ¿¿¡¡NO QUIERES COLABORAR!!??”.

Alex Highpear tomó un largo sorbo de su sopa de sobre. Sus ojos miraban a un punto fijo en la pared mientras revivía la terrible experiencia. Tras un tenso silencio, continuó.

-Creo que fue en ese momento cuando me desmayé. Es lo último que recuerdo. Al día siguiente un cartero comercial me despertó. Estaba en el suelo del portal. Recé para que todo hubiera sido un sueño, pero mis esperanzas se hicieron añicos cuando vi que la entrada estaba cubierta de folletos de publicidad de Grannycef. El Tullicorre era real, y la inminente creación de un carril vieja significaría el fin de la movilidad en Zaragoza. He escrito a la policía y a todos los periódicos, pero todos me han tomado por loco. Es muy duro saber que una catástrofe se acerca y no poder hacer nada al respecto ni prevenir a la gente de lo que se les viene encima. -Dijo Highpear, sintiéndose profundamente derrotado.

Acisclo puso su ambarina mano de cadáver putrefacto en su huesudo hombro. Habían sido amigos desde hacía más de una década y jamás le había visto así. Estaba claro que Highpear necesitaba el apoyo de los suyos más que nunca. Acisclo le miró fijamente a los ojos, y tras unos segundos, le dijo:

-Javichuelas dice que no tienes culo.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

La Moñaca Rusa

Acisclo se encontraba en la estridente compañía de Invhéctor, el luchador de las cavernas y heredero del estilo de Kung Fu de la Palma de Hierro, en una noche en la que el clima se cebaba con los zaragozanos, castigándoles con vientos súbitos, algún trueno y un extraño frío que agrietaba huesos y que parecía proceder de alguna morgue cercana. Nada nuevo en Zaragotham.

Aquella noche habían elegido como destino el famoso bar Tutankamon. Este lugar era algo así como aguas internacionales en lo que a la noche zaragozana se refería, ya que se encontraba a medio camino de las distintas zonas de fiesta, cosa que se reflejaba en su variada clientela e hilo musical. Rockers, heavies, punkys, hardcoretas e incluso góticos se daban cita en dicho local. Cada grupo tenía una zona delimitada que no podían abandonar, y nadie rompía la armonía y se ceñía a las normas. Acisclo e Invhéctor, por su alopecia y su peludísimo cuerpo respectivamente, no cuadraban en ninguna de las mencionadas tribus por su fealdad y aspecto salvaje. Eran por ello libres de campar a sus anchas, o al menos eso creían.

Invhéctor se acercó a la barra y pidió dos orujos de hierbas con hielo. Tenían que empezar a beber en serio o el cromañón no iba a ser capaz de soportar estar rodeado de tanta belleza y olor a limpio. Para un humanoide que llevaba tantos siglos vagando por la tierra, las modas juveniles y la pulcritud que caracterizaban aquella época resultaban insoportables e incomprensibles. Para Invhéctor, un hombre con buen olor resultaba tan críptico como un Renault Laguna para alguien de la Edad Media.

Lo que le confundía le enfadaba, y cuando se enfadaba su Ki aumentaba, y cuando su Ki se disparaba el Kung Fu más corrupto quedaba liberado, masacrando aldeas enteras. Acisclo lo sabía, podía notar cómo los nervios del troglodita comenzaban a crisparse y sus espesas cejas se precipitaban sobre sus involucionados ojos, por lo que procedió a emborrachar a su embrutecido amigo y a hablarle de ciclismo, el tema más soporífero de todos para un hombre de las cavernas. El sopor que provocaba el ciclismo en Invhéctor sólo era comparable al efecto del opio y de algunos dardos tranquilizantes. Parecía que la situación estaba controlada, pero ocurrió algo que nadie podía prever.

Un fornido muchacho con una gorra blanca y negra y con gafas de pasta que respondía al nombre de Millencarlos estaba bebiéndose un litro de cerveza detrás de nuestros protagonistas. Por desgracia, el pelo del cuello de Invhéctor brotaba tan salvaje y poderoso que había llegado a superar los treinta centímetros de longitud, y al efectuar uno de sus famosos tragos largos echó la cabeza hacia atrás, con tal mala suerte que su execrable vello cervical acabó sumergido en la bebida del joven.

Enfurecido por su mala fortuna y contemplando su bebida completamente contaminada por los antediluvianos cabellos de Invhéctor, el chico encaró a nuestros horrendos protagonistas. Con los ojos entrecerrados y completamente iracundo, les dijo:

-Tú, pelanas, ¿no puedes cortarte un poco esas crines, asqueroso? ¡Me has jodido la cerveza!

Millencarlos hablaba con tres voces que sonaban al unísono. Esto desconcertó a Acisclo, quién fantaseó momentáneamente con cómo sonaría un grupo vocal compuesto únicamente por aquel individuo. Le imaginó cantando Mr. Sandman vistiendo un traje a rayas y un sombrero de paja. Sin duda su mente estaba en las últimas.

Invhéctor emitió un gruñido. Acisclo tradujo su significado para Millencarlos, que no era otro que la palabra “duelo”. Las lenguas modernas superaban en complejidad las limitadas capacidades de la garganta del troglodita, a quien Acisclo había conseguido llegar a comprender tras un prolongado estudio y la exposición continuada a su extraña jerga paleolítica.

Los tres caminaron hacia la salida, pero justo antes de salir Acisclo descubrió una extraña reliquia. En la máquina expendedora de la puerta, camuflada por la compañía de otros snacks indignos, había una bolsa de Risketos. No era una bolsa cualquiera, era la versión antigua en la que los Risketos salían vestidos de vaquero. Llevaba años buscándola y no iba a desperdiciar la oportunidad de hacerse con ella. Extasiado, rebuscó en sus bolsillos todas las monedas que pudiera encontrar. Necesitaba comprar todos los snacks que quedaban delante de su preciado premio para poder hacerse con él, tarea que iba a llevarle un tiempo considerable. Invhéctor tendría que arreglárselas sin él.

Millencarlos y el cromañón se encontraban frente a frente fuera del bar, en la calle Héroes del Silencio. Ambos se miraron a los ojos, las venas de sus cráneos comenzaron a hincharse, e Invhéctor comenzó a acariciar su crespa melena, aumentando así su aura combativa. La quietud lo inundaba todo, y los espectadores aguardaban a que el duelo diera comienzo. En una ventana lejana, alguien estornudó, rompiendo el silencio y dando así el pistoletazo de salida a los luchadores. Una tormenta de golpes se desató. Millencarlos era joven y tenía un buen juego de piernas, lo cual demostraba lanzando arrolladoras patadas a nuestro amigo, quien por el momento conseguía bloquear. Invhéctor estaba utilizando el Kung Fu del alimoche, un profano estilo del sur que mezclaba movimientos circulares de bloqueo con devastadores ataques a los puntos vitales.

Cuando halló un hueco en la defensa del joven, el cromañón lanzó un devastador ataque a la angina derecha de Millencarlos, que cayó de espaldas. Enfurecido, dijo con sus tres voces:

-Hacía tiempo que no tenía un adversario como tú. Prepárate para conocer la verdadera fuerza del Hardcore melódico, ¡prepárate para la técnica de La Moñaca Rusa!

Su gorra de Rise Against comenzó a girar como loca. El polvo comenzó a levantarse a su alrededor y un misterioso símbolo chino se formó a sus pies. En un instante, Millencarlos se desdobló y de su abultado tórax brotaron dos figuras. Ambas vestían igual que él y llevaban su misma gorra y sus mismas gafas, pero no eran totalmente iguales. El primero era ligeramente más bajo y delgado que Millencarlos, y el último era mucho más bajo y muy delgado, siendo el Millencarlos original el más corpulento de los tres. Ahora Invhéctor debía enfrentarse él solo contra aquella versión hipster de los hermanos Dalton.

Los tres clones atacaron al unísono, haciendo caer sobre Invhéctor una brutal tempestad de ataques. Las técnicas defensivas del Kung Fu del alimoche eran efectivas, pero no bastaban contra tres contrincantes perfectamente sincronizados. Una patada derribó al troglodita, que cayó de espaldas y se incorporó rápidamente. En ese momento Acisclo salió del bar, con la mano derecha totalmente manchada de Risketos, haciendo que sus enrojecidos dedos se asemejaran a las algas más remotas de los océanos. Al ver la situación, se encendió un cigarrillo con la mano que le quedaba libre y disfrutó del espectáculo.

Los tres Millencarlos volvieron a la carga, e Invhéctor cambió de táctica. Sabía que la única forma de vencer era derrotar al Millencarlos original, pero para ello necesitaba neutralizar a los otros dos. Adoptó la posición de El Topo Que Aguarda, y esperó a que el mediano atacara. Éste lanzó una patada giratoria que Invhéctor esquivó, y cerrando sus peludas zarpas le asestó una colleja cósmica que destrozó su cerebelo, derribándole en el acto. El pequeño y el mayor se lanzaron al ataque, y dada su liviana figura el menor de los clones siempre conseguía hallar una grieta en la defensa de nuestro amigo. Acisclo se percató de ello, y se abalanzó contra el diminuto Millencarlos, atrapándole con sus pegajosos dedos impregnados de Risketos. Era rápido y ágil, pero estaba atrapado por un ketchup antiguo y terrible. Con un puño de dragón, Invhéctor se deshizo de él con facilidad, lanzándole hacia las nubes con el estruendo que provocan los aviones que sobrepasan la velocidad del sonido. Ahora la lucha estaba igualada.

El Millencarlos original comenzó a proyectar tenaces golpes que el troglodita esquivaba, retrocediendo y acariciándose la melena mientras tanto. Acisclo se percató de que el estilo de Kung Fu de Invhéctor solía ser ofensivo, por lo que debía estar preparando algún tipo de técnica secreta prohibida. Entonces se dio cuenta: El hombre de las cavernas no sólo estaba aumentando su Ki al tocar su salvaje cabellera, también estaba trazando una espiral perfecta. Unos segundos después, cuando ya se encontraban casi en el centro de la espiral, Invhéctor adoptó la posición de la estrella de mar, y agachándose, susurró las prohibidas palabras de poder: -TI… MO… ¡TEI!

Un brutal golpe de palma ascendente impactó en el pecho de Millencarlos, y una esfera de energía atravesó su cuerpo, cegando a todos los allí presentes con una mística luz reverberante y deshaciendo sus partículas al instante. La onda se perdió en el firmamento, y los curiosos volvieron a entrar al bar, dando el duelo por concluido.

Invhéctor había salido victorioso de una dura batalla y había sido capaz de efectuar la técnica secreta Timotei sin destruir la ciudad; y Acisclo aprendió que nunca jamás se debe subestimar el antiguo poder de los snacks.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

En la Ribera de la Locura

-¿No crees que ya has bebido bastante, Nosferatu?

Esa terrible y retórica pregunta fue la que la camarera de El Goblin lanzó contra nuestro alcoholizado héroe, harta de servirle infinitos pacharanes en una noche que parecía no acabar nunca. Ya eran las cuatro y media de la mañana y era hora de echar el cierre, noticia que resultaba insoportable para los borrachos, igual que el final del verano resulta devastador para el corazón de un niño, por lo que la tarea de desalojar el bar siempre se presentaba ardua y solía prolongarse más de lo deseado.

Poniéndose su agrietada chaqueta de cuero, Acisclo suspiró resignado, se encendió un Fortuna y abandonó la taberna, sabiéndose lejos de casa y sin dinero suficiente para coger un taxi. Su sed inimitable y desmedida le habían despojado de todo su dinero. Se encontraba en el zaragozano barrio del Áctur, un terrible lugar donde los ochenta nunca acabaron, y cuyas gentes hablaban un desconocido dialecto. No obstante, lo que le hacía estremecer era saber que para llegar al barrio de Las Delicias tenía que recorrer la ribera, atravesar el estrambótico parque del agua y cruzar el puente en soledad a esas horas tan intempestivas. Aquella zona siempre le había dado escalofríos, y no sin motivo, ya que narraba la historia de una época cruel y oscurantista, y de los terribles crímenes que allí se cometieron.

Años atrás se había celebrado en Zaragoza la exposición internacional, y la ribera fue la zona elegida para erigir aquellas ominosas construcciones que pusieron la ciudad en el mapa y ganaron a sus habitantes un lugar privilegiado en el infierno. Cuenta la leyenda que unos bondadosos seres de origen desconocido solían habitar los aledaños del río. Estas criaturas, algo más grandes que un humano y de piel azulada eran conocidos como los Fluvis. Estos seres tenían propiedades físicas diferentes a las nuestras, y podían variar su forma y tamaño a su antojo. Su naturaleza era pacífica y convivían en paz con las otras especies humanoides de la zona, tales como los maños, los potolos y los habitantes de Daroca.

Poco se recuerda sobre ellos, ya que alrededor de un año antes de que las obras de la Expo 2008 comenzaran, los Fluvis desaparecieron de la ribera. La gente habló sobre ello durante un tiempo, y había varias hipótesis sobre su desaparición, aunque la posibilidad de que hubieran abandonado la zona en busca de un área más húmeda era la más extendida. En oscuros callejones se susurraba una sombría historia que narraba que los magnates responsables de la exposición hicieron “algo” con las azuladas criaturas, pero sólo eran habladurías.

La Expo tuvo un éxito moderado y la zona se abandonó al concluir la misma. La naturaleza no tardó en reclamarla para sí, convirtiendo lo que otrora sería una polis del progreso tecnológico y la ciencia en una aldea fantasma. Pero los Fluvis nunca regresaron. Desde entonces todo el mundo evitaba la zona, y por toda la ciudad se contaban chismes sobre gigantescos ojos vigilantes y anómalos sonidos que acechaban a quienes osaban atravesar la ribera de noche.

Acisclo comenzó a caminar, atravesando el parque del agua que llevaba hacia el río. Cuanto más se adentraba en el desolado paraje, más bajaban las temperaturas y más insoportable se hacía el olor a agua estancada. Tras atravesar una planicie arenosa, le pareció ver algo moviéndose entre los arbustos. Se acercó a ellos, pero no halló nada. Justo antes de darse la vuelta, tuvo la sensación de que le observaban, y con un súbito giro digno de un carro del Mercadona recién estrenado miró hacia todas las direcciones, intentando divisar a su perseguidor. El parque estaba en silencio. Reanudó su marcha, agudizando el oído, y tras caminar unos pocos metros oyó un extraño burbujeo a escasa distancia de su espalda. Soltando un alarido de alimoche, comenzó a correr.

Una vez hubo tomado cierta distancia se giró para ver quién o qué le estaba siguiendo, y le pareció divisar dos enormes esferas oscuras que rezumaban odio y resentimiento en la penumbra de un chopo. Corrió todo lo rápido que pudo hasta llegar a la torre del agua.

Este profano monolito había estado clausurado desde el fin de la Expo 2008, y nadie sabía qué albergaba en su interior. Acisclo pensó que, al estar la zona más iluminada, su perseguidor desistiría ante la idea de que su identidad fuera revelada por las cientas de bombillas que adornaban la torre. Sus pulmones de fumador y sus piernas de asíduo del ascensor no podían más, y se sentó en una roca cercana. No oía pasos y no veía a nadie en los alrededores, por lo que descansó allí durante unos minutos. Parecía que el peligro había pasado.

Súbitamente, el suelo a sus pies cedió y cayó por un angosto túnel que parecía no acabar nunca. El impacto fue amortiguado por un espeso barro en el que Acisclo quedó sumergido hasta las rodillas, pero que le hizo salir ileso de la caída. ¿Dónde se encontraba? ¿A qué profundidad había caído? Sacó su encendedor de gasolina e iluminó las siniestras catacumbas. Tras una exploración preliminar, halló un portón redondo decorado con motivos que no había visto jamás. Lo abrió, y deslizándose pesadamente sobre las oxidadas guías, la puerta reveló un nuevo y más profundo túnel que se abría ante él. No podía volver, así que su única opción era seguir adelante.

Nuestro protagonista sentía una sensación de nerviosismo como no había sentido nunca. Sólo una vez se había sentido tan poco dueño de su destino como entonces, y fue cuando retiraron del mercado los codiciados crepes de jamón de York y queso para freidora, hecho que le sumió en un estado melancólico-histérico que duró meses.

Alumbrando con su encendedor mientras descendía, descubrió que las paredes de la estancia estaban adornadas con extrañas pinturas que parecían narrar una historia. En ellas, unos azulados seres llegaban desde las profundidades de un caudaloso río y se asentaban en un valle que le resultaba familiar. Conforme descendía, contempló en los frescos cómo la civilización de las criaturas progresaba más allá de lo imaginable, y de cómo convivían en paz con la naturaleza, explotándola sólo lo estrictamente necesario.

El túnel se estrechó aún más, y aquí el estilo de las pinturas se volvió más tosco y primitivo, representando un estancamiento de la especie y un debilitamiento de sus cuerpos, así como un declive cultural y social. Sorprendido, contempló la representación de lo que parecía ser un humano de aspecto primitivo compartiendo comida con los seres. Las diferentes edades del hombre estaban también allí plasmadas, así como la posición de observadores que habían mantenido hacia nuestra raza. Vió cómo las extrañas criaturas incluso habían ayudado a los humanos en momentos de extrema necesidad, compartiendo sus cosechas durante hambrunas y combatiendo codo con codo a las detestables hordas extraterrestres enemigas de Los Makineros. Uno de los frescos turbó la mente de Acisclo profundamente: en él se veía cómo estos seres habían ayudado a construir lo que parecía ser la Expo, así como la titánica torre del agua, y cómo habían sido esclavizados por el hombre para acabar las obras dentro del plazo estipulado. Se acercaba al final del túnel y comenzó a notar un potente hedor nauseabundo, como si se encontrara cerca de un pantano.

Aliviado, Acisclo contempló el final del túnel, y se dispuso a salir, no sin antes echar un vistazo a las últimas pinturas. De repente el pánico se apoderó de él, y dejó escapar un grito de terror. El fresco revelaba cómo la desconocida raza de seres, al haber finalizado su labor edificando la torre, habían sido encerrados allí por los humanos, quedando prisioneros para siempre de su propia creación. Alrededor de la apertura del final del túnel estaban plasmadas las horribles aberraciones en las que estas criaturas se habían convertido debido a su reclusión y a la falta de luz y de alimentos. Su piel ya no era azulada sino verdosa. Sus nobles ojos ahora eran dos astros que relampagueaban ira. Sus cuerpos se habían tornado escamosos, sin duda por la humedad de las catacumbas, y de sus bocas habían surgido unos extraños tentáculos que brillaban con un fulgor pesadillesco.

De haber tenido cabello, sin duda habría encanecido tras contemplar aquellas execrables representaciones. ¿Seguían vivos aquellos demonios acuáticos? Y de ser así, ¿era posible que hubieran escapado por aquel túnel y que ahora se encontraran en libertad, planeando su venganza contra la humanidad? Estas ideas atormentaban la psique de Acisclo y jamás le abandonarían mientras viviese.

Nuestro héroe se hallaba en un punto cercano a la locura en la que no era dueño de su cuerpo, e involuntarios movimientos súbitos le impedían fumar. Tras tomar aire para tranquilizarse salió del túnel y descubrió que se hallaba en algún punto más bajo de la ciudad a escasos metros del río, seguramente a las afueras. Acisclo comenzó a caminar buscando un camino para salir de la ribera y buscar la civilización, pero un extraño sonido procedente del río le sorprendió. Sabía que, debido a la tensión acumulada, la visión de uno de esos seres haría su mente añicos, por lo que, tapándose los ojos con sus amarillentas manos y dejando sólo una pequeña rendija entre los dedos por la que mirar, se dio la vuelta. Sólo alcanzó a ver unos pequeños tentáculos que asomaban por la superficie, y el burbujeo que había escuchado en el parque parecía ahora venir de lo que fuera que había frente a él bajo el agua. Aullando de terror, Acisclo comenzó a correr, y mientras se adentraba en la ciudad y dejaba atrás el peligro, una abominable idea cruzó su mente. Juraría que el burbujeo de la criatura seguía un patrón idiomático. Juraría que aquel monstruo intentaba decirle algo, y que, en caso de intentar imitar aquel insólito sonido, lo más parecido en nuestra lengua sería:

¡TEKELI-LI! ¡TEKELI-LI!

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

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