La Sonata Reptante

-Esta noche se bebe.

Esas fueron las cacofónicas palabras que El Bramido Reptante espetó a Acisclo a través del telefonillo del portero automático. Acisclo sabía que no era una sugerencia. Ni siquiera una invitación. Era un mero adelanto de lo que le deparaba el futuro. El Bramido no siempre se tomaba la molestia de anunciar sus intenciones, en ocasiones sencillamente se limitaba a apresar al desdichado que habría de acompañarle esa noche entre sus abominables manos y llevárselo volando hasta la tasca que Él creyera digna de su gaznate, como una cruel ave jurásica que reina los cielos y dispone a placer de los desdichados seres terrestres.

Acisclo se sintió acorralado, pero sabía que no tenía sentido luchar contra una fuerza de la naturaleza como era El Bramido. Se suponía que esa noche iba a ser una noche tranquila: Había abierto una lata de albóndigas y se disponía a visionar Starship Troopers por vigésimo quinta vez. Pero de nuevo los planes de los antiguos dioses que moran en los recónditos espacios entre las estrellas se habían interpuesto entre la humanidad y sus sueños terrenales. Se puso su agrietada chaqueta de cuero, se encendió un Fortuna, y abandonó sus sueños de carne enlatada y gore noventero, encomendándose a los santos y zambulléndose en la terrible odisea que El Bramido había dispuesto para él.

Ambas figuras atravesaron el barrio de Las Delicias rápidamente hasta llegar a su corazón, la calle Italia y alrededores, un área famosa por sus exquisitos Doner Kebabs y por haber sido el lugar de nacimiento del ilustre numerólogo Charles Potanque. La expresión de El Bramido se hizo más severa, y con una mirada tan penetrante como la aguja de un compás en las manos de un párvulo, declaró:

-Vamos a ir a ahí. -Estaba señalando un lejano karaoke que se antojaba muy cutre incluso para la zona. Acisclo tragó saliva. Sin duda el afán de autodestrucción de su sobrehumano compañero no conocía límites.

Al aproximarse a la entrada, el portero les detuvo. Su aspecto era inusual, por así decirlo. Su cara ambarina narraba la historia de un hígado que peleaba su último asalto y que esperaba como loco que su entrenador tirara la toalla. Su larga coleta y sus gafas setenteras contrastaban con sus anchas espaldas y sus brazos gigantescos. Era como si Steven Seagal y Frankenstein hubieran engendrado un hijo en un hotel de Chernobyl. Airado, preguntó a nuestros dos protagonistas:

-No tenéis mucha pinta de cantar. ¿Por qué no vais a otro sitio?

El Bramido Reptante soltó una abrupta carcajada que resquebrajó uno de los cristales de las lentes del portero. Mirándole con sus enrojecidos ojos le dijo:

-No te pongas tonto que estamos unos cuantos, y si queremos te reventamos el local.

La confusión del vigilante no conocía límites. Su boca se abría y cerraba una y otra vez, sin saber qué decir. Como casi todos los desdichados que se habían topado alguna vez con El Bramido, su mente se debatía entre la razón y la locura. Comprendiendo que se enfrentaba a un poder desconocido, abrió las puertas y permitió la entrada a nuestros héroes. Se adentraron en el karaoke Dean Martin, sumergiéndose en la sordidez más decrépita que Zaragotham podía ofrecerles.

La clientela del bar eran en su mayoría ancianos que degustaban sin mesura antiguos licores castizos. El Bramido sonrió, susurrando para sí mismo: -Este es el lugar. -Ambos se despojaron de sus abrigos y se aproximaron a la barra. Allí, una inenarrable criatura les atendió. Su pelo rubio platino parecía tan áspero como un feldespato, y su cara surcada de miles de arrugas imposibles sugerían que su naturaleza era más cercana a la de un árbol que a la de un ser humano. Una especie de sauce profano que vestía un top ajustado y que parecía salido de una pesadilla de J. R. R. Tolkien provocada por medicamentos caducados.

Acisclo, aterrorizado por aquel híbrido planta-mujer, susurró con voz temblorosa: -Dos… dos cervezas por favor…

El ser sonrió, dejando ver el interior de su tronco. Tras mirarles de reojo y encenderse un largo cigarro, declaró:

-Si queréis beber tenéis que cantar, vaqueros.

El Bramido Reptante rió enloquecido. Todo el local quedó en silencio. Con una mueca macabra, preguntó: -¿Cuál es la canción más larga de Héroes del Silencio, noble caducifolio? -A lo que ella respondió: -La Herida. -Los ojos de El Bramido se encendieron, y sellando su destino y el de Acisclo, dijo: -Sea.

Acisclo y El Bramido reptante subieron al maltrecho escenario. En el suelo de éste se apreciaba cómo chicles antediluvianos habían perdido todas sus propiedades elásticas y se habían convertido en oscuros discos de abandono y putrefacción. Tratando de esquivarlos, nuestro amigo se aproximó a su micrófono y La Herida comenzó a sonar.

La quebrada voz de fumador de Acisclo apenas era audible al lado del ronco trueno que brotaba de la garganta de El Bramido. Cantaron y cantaron, mientras numerosos clientes iban y venían. La interminable sonata les había colocado en una posición de observadores omniscientes, y presenciaron cómo incontables tiradas de jubilados se emborrachaban y se marchaban dando tumbos, siendo sustituidos por otros hasta el fin de los tiempos. El ciclo de la vida pasaba como un suspiro ante sus ojos. También observaron cómo cientas de estaciones invadían las hojas de la camarera, viéndolas tornarse verdes, luego rojizas, luego caer y más tarde brotar de nuevo. El aura de El Bramido aumentaba con cada gorgorito de Bunbury, y Acisclo supo que si su compañero ya era imparable antes, después de aquella canción no habría nadie en el sistema solar que pudiera hacerle frente.

Exhaustos, abandonaron la tarima entre aplausos de algún despistado y volvieron a la barra a degustar aquellas cervezas que sin duda se habían ganado.

La mujer sauce guiñó uno de sus profundos ojos, y sacando dos botellines dijo:

-Aquí tenéis vaqueros, os las habéis ganado.

Acisclo no podía creer lo que veían sus ojos. Les habían servido Cruzcampo, la cerveza más suave del mercado después de casi dejarse la vida en el escenario. Esto indignó profundamente a nuestro protagonista, pero su indignación fue interrumpida por una extraña luz que brotaba a su lado. Cuando miró a su derecha vio que El Bramido estaba envuelto en unas etéreas llamaradas doradas. Sus ojos brillaban como las luces de freno de un Renault Twingo, y las dos cervezas comenzaron a elevarse en el aire, entrando en ebullición.

-HEMOS PEDIDO CERVEZA, NO CRUZCAMPO. PAGARÉIS CON VUESTRAS VIDAS ESTA AFRENTA. -Bramó El Bramido.

Abrió sus manos y las colocó paralelas una frente a otra, y una antediluviana fuerza brotó de sus bestiales metacarpos. Los muros del local comenzaron a agrietarse y los clientes huyeron despavoridos. Todas las luces parpadearon y las bebidas hirvieron hasta llenar el recinto con apestosos vapores etílicos. Acisclo corrió hacia la salida, y cuando estaba a punto de alcanzarla una explosión cobriza le dejo ciego y sordo durante varios minutos.

Cuando recuperó el control sobre sus sentidos ya no quedaba ni rastro del karaoke Dean Martin, sólo una gigantesca mancha negra de hollín y los gritos de terror de todos los allí presentes. A lo lejos, en el firmamento, contempló cómo El Bramido Reptante se alejaba levitando, envuelto en los fuegos fatuos que había utilizado para destruir el karaoke. Acisclo sonrió. Parecía que al final sí que iba a poder disfrutar de los placeres de la carne enlatada y las carnicerías espaciales que le aguardaban en su hogar.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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