El Tullicorre

Acisclo estaba preocupado. Nadie había visto a Alex Highpear en varias semanas y no contestaba ni al teléfono ni a los mensajes de Messenger que le había estado enviando. Lupín y El Profesor habían estado de fiesta con él tres fines de semana antes y aseguraban no haber notado nada extraño en su comportamiento. Javichuelas le había dicho que tampoco sabía nada sobre su paradero, pero que si le veía le hiciera el favor de decirle que no tenía culo. Esto se debía a que, debido a la falta de interés por el deporte de Alex Highpear en su juventud, su masa muscular era inferior a la de una perdiz o un mochuelo común, lo que suscitaba numerosas bromas al respecto. También había timbrado a Invhéctor a su casa, pero no había obtenido respuesta. Lo más probable es que su primitivo cerebro de hombre de las cavernas no hubiera podido descifrar el funcionamiento del portero automático. No importaba. Acisclo estaba dispuesto a averiguar qué estaba pasando con su amigo de una vez por todas.

Highpear vivía en el místico barrio de Ciudad Jardín, una zona más controlada por gatos callejeros que por las leyes de los hombres. Se rumoreaba que no pocos caminantes habían caído presa de las hordas de gatos furiosos que vagaban por aquel distrito, que gobernaban con pata de hierro. En caso de aventurarse por aquellos lares, era imperativo portar algún tipo de obsequio para los felinos, o al menos realizar una ofrenda que contentara a las bestias.

Así pues, Acisclo se preparó para la travesía que le llevaría hasta la casa de su amigo. Cargó los bolsillos de su antediluviana cazadora de cuero de latas de sardinas y atún, y cogió también un ejemplar de la revista Quo. Por alguna razón nuestro héroe estaba convencido de que el apetito de los gatos de Ciudad Jardín no era sólo alimenticio, sino también intelectual. Sus numerosos encuentros imposibles con seres de más allá del cosmos y los terribles licores psicodélicos que había degustado durante años le habían enseñado a esperar lo imposible y a temer lo que no comprendía. En otras palabras, su cordura flaqueaba más día tras día.

Acisclo atravesó el pagano barrio de Las Delicias y penetró en el distrito salvaje de Ciudad Jardín. Se encendió un cigarrillo, pensando que quizá el humo camuflaría su olor y reduciría las posibilidades de que los despiadados felinos le encontraran. Por suerte, tal encuentro no se produjo, y pudo llegar a casa de Highpear sin sufrir ningún incidente ni ser devorado vivo por las bestias, lo cual era de agradecer. Al pulsar el timbre de Highpear, Acisclo sintió que algo no iba bien. Su amigo contestó con una voz ronca, y al comprobar la identidad de su inesperado visitante, abrió las puertas, permitiendo la entrada de su alopécico secuaz.

El hogar de Highpear solía estar ordenado y pulcro hasta el absurdo, habiendo llegado a los extremos de obligar a sus visitas a utilizar servilletas y posavasos. Pero lo que nuestro protagonista contemplaba no tenía nada que ver con lo que aquella casa una vez fue. Aquel lugar era el refugio de alguien que se había rendido y que de seguro temía salir al exterior. La acumulación de latas vacías de legumbres precocinadas, así como la inaceptable ausencia de cervezas demostraban los extremos a los que su reclusión había llegado. Apartando una pila de ropa sucia y de yogures naturales se hicieron sitio en el sofá, donde Acisclo interrogó a Highpear sobre su estado. Agarrando un cuenco de sopa de sobre con ambas manos y entre temblores, el atemorizado joven comenzó a narrar su historia:

-Hace unas tres semanas estuvimos de bares, y cuando ya no nos quisieron servir más Lupín y El Profesor se fueron a almorzar a La Cacatúa, pero yo me marché sólo a casa. Eran las cinco de la mañana y no había ni un alma por la calle. Había andado durante un rato cuando le vi por primera vez. Oí unos pasos a mi espalda, y al girarme encontré a un hombre con las piernas retorcidas y los brazos muy cortos a varios metros detrás de mi. Llevaba puesta una gabardina larga y un sombrero marrón. Parecía sufrir algún tipo de malformación en todo su cuerpo o haber sido víctima de algún accidente que le había roto los huesos: estaba totalmente encorvado. Su extraña postura y la lentitud con la que caminaba me dieron escalofríos, parecía que se iba a desplomar en cualquier momento. -Acisclo podía notar cómo se alteraba al recordarlo. Sin duda estaba totalmente traumatizado.

-Seguí mi camino y tras unas cuantas calles noté que alguien me miraba, así que me volví y encontré al siniestro tullido, caminando lentamente con sus piernas retorcidas. ¿Cómo es que no le había dejado atrás? Era imposible que caminara tan rápido como yo, pero allí estaba, a la misma distancia de mí que antes. Aquello me daba mala espina, así que aceleré el paso. Atravesé tu barrio andando todo lo rápido que pude. No estaba muy lejos de casa cuando miré a mi espalda y no te lo vas a creer, pero allí estaba otra vez. Había caminado a toda velocidad más de diez minutos, pero el tío estaba a cinco metros de mi, totalmente retorcido y moviéndose muy despacio. Seguí adelante haciendo como que no le había visto, pero no pude evitar volverme una vez más. -La voz de Highpear temblaba cada vez más.

-Justo cuando me di la vuelta, el tío se puso totalmente recto, estirando las piernas y los brazos. No le pasaba nada en absoluto, había estado fingiendo todo el tiempo y me había seguido casi hasta casa. Justo después de ponerse erguido, echó a correr hacia mi, totalmente enloquecido. Era… Era… ¡Era el Tullido que Corre! -Highpear palideció, y su gigantesca boca comenzó a vibrar como un chihuahua epiléptico.

-Corrí tan rápido como pude, pero oía sus pasos justo detrás de mi. Busqué en mis bolsillos algo con lo que atacarle, pero sólo encontré un ticket del Mercadona, así que hice con él una pelota tan sólida como pude y la lancé hacia atrás. Poco después escuché un sonido, algo así como “¡AUA!”. Le miré y vi que le había acertado en el ojo. Tuvo que parar un momento para rascárselo, lo que me dio unos segundos de ventaja y conseguí llegar a mi portal. Creía que se me iba a salir el corazón del pecho. Saqué las llaves y abrí la puerta, y una vez estuve dentro, la cerré con todas mis fuerzas. El Tullicorre se abalanzó sobre la puerta y comenzó a golpearla con el puño una y otra vez frenéticamente, mientras gritaba: “PERDONA, ¿TIENES UN MINUTO? ¿CONOCES GRANNYCEF? POR UN EURO AL DÍA PUEDES COLABORAR CON LA CREACIÓN DE UN CARRIL VIEJA POR DONDE LOS ANCIANOS PODRÁN CIRCULAR A VELOCIDAD REDUCIDA Y LAS CESTAS DE LA COMPRA TENDRÁN PRIORIDAD. ¿¡NO QUIERES COLABORAR!? ¿¿¡¡NO QUIERES COLABORAR!!??”.

Alex Highpear tomó un largo sorbo de su sopa de sobre. Sus ojos miraban a un punto fijo en la pared mientras revivía la terrible experiencia. Tras un tenso silencio, continuó.

-Creo que fue en ese momento cuando me desmayé. Es lo último que recuerdo. Al día siguiente un cartero comercial me despertó. Estaba en el suelo del portal. Recé para que todo hubiera sido un sueño, pero mis esperanzas se hicieron añicos cuando vi que la entrada estaba cubierta de folletos de publicidad de Grannycef. El Tullicorre era real, y la inminente creación de un carril vieja significaría el fin de la movilidad en Zaragoza. He escrito a la policía y a todos los periódicos, pero todos me han tomado por loco. Es muy duro saber que una catástrofe se acerca y no poder hacer nada al respecto ni prevenir a la gente de lo que se les viene encima. -Dijo Highpear, sintiéndose profundamente derrotado.

Acisclo puso su ambarina mano de cadáver putrefacto en su huesudo hombro. Habían sido amigos desde hacía más de una década y jamás le había visto así. Estaba claro que Highpear necesitaba el apoyo de los suyos más que nunca. Acisclo le miró fijamente a los ojos, y tras unos segundos, le dijo:

-Javichuelas dice que no tienes culo.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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