La Moñaca Rusa

Acisclo se encontraba en la estridente compañía de Invhéctor, el luchador de las cavernas y heredero del estilo de Kung Fu de la Palma de Hierro, en una noche en la que el clima se cebaba con los zaragozanos, castigándoles con vientos súbitos, algún trueno y un extraño frío que agrietaba huesos y que parecía proceder de alguna morgue cercana. Nada nuevo en Zaragotham.

Aquella noche habían elegido como destino el famoso bar Tutankamon. Este lugar era algo así como aguas internacionales en lo que a la noche zaragozana se refería, ya que se encontraba a medio camino de las distintas zonas de fiesta, cosa que se reflejaba en su variada clientela e hilo musical. Rockers, heavies, punkys, hardcoretas e incluso góticos se daban cita en dicho local. Cada grupo tenía una zona delimitada que no podían abandonar, y nadie rompía la armonía y se ceñía a las normas. Acisclo e Invhéctor, por su alopecia y su peludísimo cuerpo respectivamente, no cuadraban en ninguna de las mencionadas tribus por su fealdad y aspecto salvaje. Eran por ello libres de campar a sus anchas, o al menos eso creían.

Invhéctor se acercó a la barra y pidió dos orujos de hierbas con hielo. Tenían que empezar a beber en serio o el cromañón no iba a ser capaz de soportar estar rodeado de tanta belleza y olor a limpio. Para un humanoide que llevaba tantos siglos vagando por la tierra, las modas juveniles y la pulcritud que caracterizaban aquella época resultaban insoportables e incomprensibles. Para Invhéctor, un hombre con buen olor resultaba tan críptico como un Renault Laguna para alguien de la Edad Media.

Lo que le confundía le enfadaba, y cuando se enfadaba su Ki aumentaba, y cuando su Ki se disparaba el Kung Fu más corrupto quedaba liberado, masacrando aldeas enteras. Acisclo lo sabía, podía notar cómo los nervios del troglodita comenzaban a crisparse y sus espesas cejas se precipitaban sobre sus involucionados ojos, por lo que procedió a emborrachar a su embrutecido amigo y a hablarle de ciclismo, el tema más soporífero de todos para un hombre de las cavernas. El sopor que provocaba el ciclismo en Invhéctor sólo era comparable al efecto del opio y de algunos dardos tranquilizantes. Parecía que la situación estaba controlada, pero ocurrió algo que nadie podía prever.

Un fornido muchacho con una gorra blanca y negra y con gafas de pasta que respondía al nombre de Millencarlos estaba bebiéndose un litro de cerveza detrás de nuestros protagonistas. Por desgracia, el pelo del cuello de Invhéctor brotaba tan salvaje y poderoso que había llegado a superar los treinta centímetros de longitud, y al efectuar uno de sus famosos tragos largos echó la cabeza hacia atrás, con tal mala suerte que su execrable vello cervical acabó sumergido en la bebida del joven.

Enfurecido por su mala fortuna y contemplando su bebida completamente contaminada por los antediluvianos cabellos de Invhéctor, el chico encaró a nuestros horrendos protagonistas. Con los ojos entrecerrados y completamente iracundo, les dijo:

-Tú, pelanas, ¿no puedes cortarte un poco esas crines, asqueroso? ¡Me has jodido la cerveza!

Millencarlos hablaba con tres voces que sonaban al unísono. Esto desconcertó a Acisclo, quién fantaseó momentáneamente con cómo sonaría un grupo vocal compuesto únicamente por aquel individuo. Le imaginó cantando Mr. Sandman vistiendo un traje a rayas y un sombrero de paja. Sin duda su mente estaba en las últimas.

Invhéctor emitió un gruñido. Acisclo tradujo su significado para Millencarlos, que no era otro que la palabra “duelo”. Las lenguas modernas superaban en complejidad las limitadas capacidades de la garganta del troglodita, a quien Acisclo había conseguido llegar a comprender tras un prolongado estudio y la exposición continuada a su extraña jerga paleolítica.

Los tres caminaron hacia la salida, pero justo antes de salir Acisclo descubrió una extraña reliquia. En la máquina expendedora de la puerta, camuflada por la compañía de otros snacks indignos, había una bolsa de Risketos. No era una bolsa cualquiera, era la versión antigua en la que los Risketos salían vestidos de vaquero. Llevaba años buscándola y no iba a desperdiciar la oportunidad de hacerse con ella. Extasiado, rebuscó en sus bolsillos todas las monedas que pudiera encontrar. Necesitaba comprar todos los snacks que quedaban delante de su preciado premio para poder hacerse con él, tarea que iba a llevarle un tiempo considerable. Invhéctor tendría que arreglárselas sin él.

Millencarlos y el cromañón se encontraban frente a frente fuera del bar, en la calle Héroes del Silencio. Ambos se miraron a los ojos, las venas de sus cráneos comenzaron a hincharse, e Invhéctor comenzó a acariciar su crespa melena, aumentando así su aura combativa. La quietud lo inundaba todo, y los espectadores aguardaban a que el duelo diera comienzo. En una ventana lejana, alguien estornudó, rompiendo el silencio y dando así el pistoletazo de salida a los luchadores. Una tormenta de golpes se desató. Millencarlos era joven y tenía un buen juego de piernas, lo cual demostraba lanzando arrolladoras patadas a nuestro amigo, quien por el momento conseguía bloquear. Invhéctor estaba utilizando el Kung Fu del alimoche, un profano estilo del sur que mezclaba movimientos circulares de bloqueo con devastadores ataques a los puntos vitales.

Cuando halló un hueco en la defensa del joven, el cromañón lanzó un devastador ataque a la angina derecha de Millencarlos, que cayó de espaldas. Enfurecido, dijo con sus tres voces:

-Hacía tiempo que no tenía un adversario como tú. Prepárate para conocer la verdadera fuerza del Hardcore melódico, ¡prepárate para la técnica de La Moñaca Rusa!

Su gorra de Rise Against comenzó a girar como loca. El polvo comenzó a levantarse a su alrededor y un misterioso símbolo chino se formó a sus pies. En un instante, Millencarlos se desdobló y de su abultado tórax brotaron dos figuras. Ambas vestían igual que él y llevaban su misma gorra y sus mismas gafas, pero no eran totalmente iguales. El primero era ligeramente más bajo y delgado que Millencarlos, y el último era mucho más bajo y muy delgado, siendo el Millencarlos original el más corpulento de los tres. Ahora Invhéctor debía enfrentarse él solo contra aquella versión hipster de los hermanos Dalton.

Los tres clones atacaron al unísono, haciendo caer sobre Invhéctor una brutal tempestad de ataques. Las técnicas defensivas del Kung Fu del alimoche eran efectivas, pero no bastaban contra tres contrincantes perfectamente sincronizados. Una patada derribó al troglodita, que cayó de espaldas y se incorporó rápidamente. En ese momento Acisclo salió del bar, con la mano derecha totalmente manchada de Risketos, haciendo que sus enrojecidos dedos se asemejaran a las algas más remotas de los océanos. Al ver la situación, se encendió un cigarrillo con la mano que le quedaba libre y disfrutó del espectáculo.

Los tres Millencarlos volvieron a la carga, e Invhéctor cambió de táctica. Sabía que la única forma de vencer era derrotar al Millencarlos original, pero para ello necesitaba neutralizar a los otros dos. Adoptó la posición de El Topo Que Aguarda, y esperó a que el mediano atacara. Éste lanzó una patada giratoria que Invhéctor esquivó, y cerrando sus peludas zarpas le asestó una colleja cósmica que destrozó su cerebelo, derribándole en el acto. El pequeño y el mayor se lanzaron al ataque, y dada su liviana figura el menor de los clones siempre conseguía hallar una grieta en la defensa de nuestro amigo. Acisclo se percató de ello, y se abalanzó contra el diminuto Millencarlos, atrapándole con sus pegajosos dedos impregnados de Risketos. Era rápido y ágil, pero estaba atrapado por un ketchup antiguo y terrible. Con un puño de dragón, Invhéctor se deshizo de él con facilidad, lanzándole hacia las nubes con el estruendo que provocan los aviones que sobrepasan la velocidad del sonido. Ahora la lucha estaba igualada.

El Millencarlos original comenzó a proyectar tenaces golpes que el troglodita esquivaba, retrocediendo y acariciándose la melena mientras tanto. Acisclo se percató de que el estilo de Kung Fu de Invhéctor solía ser ofensivo, por lo que debía estar preparando algún tipo de técnica secreta prohibida. Entonces se dio cuenta: El hombre de las cavernas no sólo estaba aumentando su Ki al tocar su salvaje cabellera, también estaba trazando una espiral perfecta. Unos segundos después, cuando ya se encontraban casi en el centro de la espiral, Invhéctor adoptó la posición de la estrella de mar, y agachándose, susurró las prohibidas palabras de poder: -TI… MO… ¡TEI!

Un brutal golpe de palma ascendente impactó en el pecho de Millencarlos, y una esfera de energía atravesó su cuerpo, cegando a todos los allí presentes con una mística luz reverberante y deshaciendo sus partículas al instante. La onda se perdió en el firmamento, y los curiosos volvieron a entrar al bar, dando el duelo por concluido.

Invhéctor había salido victorioso de una dura batalla y había sido capaz de efectuar la técnica secreta Timotei sin destruir la ciudad; y Acisclo aprendió que nunca jamás se debe subestimar el antiguo poder de los snacks.

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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