El gran dios Pan

Aquella noche de Agosto el estigio clima zaragozano resultaba más insoportable que de costumbre. Un calor tan potente sólo podía significar una cosa: Zaragoza había sido erigida en las mismísimas puertas del infierno. Después de todo, esto explicaría muchas cosas. Siempre había sido un lugar donde nada encajaba: sus noches infestadas de murciélagos, aquel pesadillesco cierzo que soplaba durante casi todo el año y que elevaba ancianos y caniches hasta la estratosfera, las mutantes ocas grises, los temidos enjambres de moscas negras que aterrorizaban a la población… y aquel calor propio de una hecatombe nuclear. Debido a la humedad, la despejada calva que coronaba el rostro de Acisclo brillaba con un deslumbrante fulgor opiáceo, un destello tan potente que obligaba a sus acompañantes a llevar gafas de sol en todo momento pese a ser de noche.

Sus acompañantes aquella fatídica noche eran J. J. Jaimeson (el Cid de la comida) y El Vizconde. Tras los funestos eventos sucedidos en La Torre Maldita ( https://acisclo.home.blog/2019/08/28/la-torre-maldita-parte-1/ ) y los pertinentes días de descanso, ambos se encontraban ya recuperados. Jaimeson había permanecido una semana tomando Almax cada cuarenta y cinco minutos, y la tétrica brecha en la cabeza del Vizconde había vuelto a ser remendada. Todos sabían que aquella herida, al igual que un corte de katana hecho con rencor, jamás sanaría completamente, ya que la había obtenido luchando por la causa más noble conocida: convertirse en el indiscutible e invicto rey de los borrachos. El precio que había pagado era pequeño comparado con aquellos centenares de jóvenes que perecieron completamente en incontables fiestas de pueblos, y cuyas hazañas sólo se susurran en tascas clandestinas, en bocas de veteranos de aquellas nobles guerras etílicas.

Se habían aventurado a salir por el casco histórico de la ciudad, una zona de bares no tan oscurantista como las que solían visitar pero a la vez no tan de moda como para que no tuvieran cabida allí. Sólo habían sido aceptados en los clubs más oscuros y siempre habían sido guiados a los rincones con menos visibilidad. El personal del bar no podía correr el riesgo de que el público general posara los ojos en nuestros demacrados amigos y descubrieran los devastadores efectos del alcohol, ya que dejarían de beber ipso facto y cambiarían el cauce de sus vidas, estudiando una carrera o incluso llegando a extremos tan poco deseables como practicar deporte. Esto modificaría la economía profundamente y tendría inesperadas consecuencias a nivel galáctico. Los camareros se convertían así en una suerte de guardianes del orden natural de las cosas. Así de frágil era el equilibrio del universo, y así de sagrada y peligrosa era la tarea de los taberneros.

Una vez nuestros héroes hicieron peligrar lo bastante las reservas locales de pacharán y cerveza Ambar, emprendieron el camino a casa, acuciados por el hambre voraz y la desesperación que se apoderan de un jubilado en un buffet libre. Aún quedaba un rato para que abrieran aquel templo de los triglicéridos conocido como La Cacatúa y pudieran disfrutar de sus desayunos, por lo que el Vizconde tuvo una insólita idea:

-¿Y si vamos a mi casa y nos hacemos unos huevos fritos? Tengo huevos XL de Mercadona de esos que parecen huevos de dinosaurio.

Las pupilas de Acisclo y J. J. Jaimeson se dilataron como las de un pokémon y ambos comenzaron a salivar como San Bernardos. La idea de coronar el blasfemo lago de licores que ahora yacía en sus tripas con ese manjar que eran los huevos fritos les agitó sobremanera. Aquellas palabras habían traído más felicidad a sus alcoholizadas almas que cualquier cosa que hubieran oído hasta entonces. Así pues, se pusieron en marcha. Recorrieron insondables distancias, casi desfalleciendo, intentando llegar a aquella tierra prometida del colesterol de la que hablaba el Vizconde.

Cuando ya se acercaban al sombrío barrio de las Delicias, el Vizconde tuvo una terrible revelación.

-Mierda tíos, ¡no tengo pan! -Gritó alarmado el Vizconde.

-Pero… ¿estás seguro? ¿Ni siquiera pan bimbo? Con sobaos me apaño, ¿eh? -Dijo Acisclo. El terror empezaba a apoderarse de sus corazones. J. J. Jaimeson comenzó a aullar desesperado:

-¡NO! No puede ser… ¡Tiene que haber alguna forma de conseguir pan! ¡Esto es inadmisible, me niego! ¡NO!

Jaimeson empezó a correr en círculos, descendiendo a un profundísimo pozo de la locura, buscando algo en su entorno que pudiera poner paz a su hambrienta alma. El Vizconde entró en un bucle de maldiciones y Acisclo cayó de rodillas, viendo cómo sus sueños se resquebrajaban, llevándose sus amarillentas manos de yogur caducado a la cabeza. En la lejanía, un hombre con capucha esperaba en una parada de bus, observando el lamentable espectáculo. J. J. Jaimeson reparó en su presencia, y, enloquecido, le gritó desde el otro lado de la calle:

-¡Eh, tú! ¿Tienes pan?

La figura permaneció en silencio varios segundos, pero se enfureció rapidamente, como si aquellas desesperadas palabras fueran una ofensa imperdonable. El hombre comenzó a correr hacia nuestros héroes, cruzando la calle y recorriendo varios metros hasta llegar hasta ellos. El Vizconde, alarmado, espetó: -¡Que viene! ¡Que viene!

La encapuchada figura se aproximaba rápidamente. Ya casi estaba allí. Veinte metros… Quince metros… Diez metros… Cinco metros… Y cuando le quedaban escasos metros para alcanzar a Jaimeson, el enfurecido corredor echó su cabeza hacia atrás para lanzar un cabezazo… y lo lanzó demasiado pronto, estando a más de dos metros de su objetivo. Para su desgracia, llevaba demasiado impulso y su ira había proyectado su cabeza con la velocidad de un tren bala, por lo que su cara impactó violentamente en el suelo, estando aún lejos de sus enemigos. La carrerilla que le había impulsado a través de toda la calle provocó que se deslizara varios metros hacia delante con el único apoyo de su cabeza en el suelo, frenando una vez ya había dejado atrás a nuestros héroes y quedando postrado como una blasfema maraña de brazos, piernas y un ridículo tan profundo que escapaba a todo raciocinio.

Intentando aliviar su dolor tanto físico como espiritual, el Vizconde comenzó a hablarle con acento mejicano, pensando por alguna razón que los suaves tonos de esa tierra le reconfortarían de algún modo.

-¿Qué pasó wey está usted bien? ¿Quiere que le llamemos una ambulancia no más?

El hombre no contestó. Comenzó a agitarse, pero el inconcebible nudo que sus extremidades habían formado en la caída no le permitía grandes movimientos. Estirando lentamente su brazo, señaló a un punto a la espalda de nuestros amigos. Se giraron y contemplaron que La Panadería Raimunda subía su persiana, dando por finalizados los juegos del hambre y permitiéndoles adquirir el divino ingrediente que les faltaba para su desayuno.

Extasiados, los tres ebrios paladines corrieron a comprar una barra de pan, asustando a la panadera con sus frenéticas maneras y su hedor a alcohol pagano; y estallando en carcajadas de júbilo recorrieron todo el camino hacia el hogar del Vizconde, dando saltos y entonando arcanas canciones de libertad, donde disfrutaron del más exquisito manjar conocido por el hombre y dormitaron cubiertos de migas (el descanso de los héroes). Lo habían logrado.

“Que no está hambriento lo que bebe eternamente, y con el paso de extraños eones, incluso los borrachos pueden comer.”

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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