La Torre Maldita (parte 1)

Era veinticuatro de Agosto, y como cada año, Acisclo preparaba sus enseres y su mente para el terrible reto etílico al que se iba a enfrentar. De forma anual, un selecto grupo de bebedores peregrinaba al sombrío pueblo de Vikingos, una arcaica aldea donde se celebraban las fiestas más salvajes de la comarca. Allí se cometían las mayores proezas alcohólicas, y nuestros amigos la visitaban anualmente en busca de gloria.

El grupo constaba de J. J. Jaimeson el Cid de la comida, Adri Morello, El Vizconde, El Bramido Reptante y Acisclo. Ya eran veteranos, pero el sentido común les hacía temer y respetar estas celebraciones. Todos portaban cicatrices, tanto emocionales como físicas, originadas en entregas anteriores de esta escabrosa festividad.

J. J. Jaimeson había sufrido un empacho con las temidas migas que allí preparaban, siendo ésta la única mancha en su historial de comensal de competición. Adri Morello, legendario guitarrista, había sufrido un calambre en su mano izquierda (causado por el levantamiento extremo de cubatas) que había hecho peligrar su habilidad para tocar la guitarra. El Vizconde, tras beber la espectral bebida conocida como Jaggermeister, había sufrido una caída que le originó una terrible brecha en la cabeza unos años atrás. Esta herida necesitó siete grapas, hecho que le otorgó el sobrenombre de Heptagrapino. El Bramido Reptante no era humano sino un ser de más allá de las estrellas, por lo que las fiestas sólo aumentaban su poder. Y por último Acisclo, quien dos años antes había acabado borracho e inconsciente en las inmediaciones de un lago, sufriendo las picaduras de las terribles ocas grises que gobernaban las afueras del pueblo con pico de hierro.

Tras una hora conduciendo, nuestros amigos llegaron a Vikingos. Apenas habían entrado al pueblo cuando divisaron una abominable torre parda que se alzaba sobre los tejados. ¿Qué era esa construcción, y quién la había puesto allí? Era imposible que la hubieran construido de un año para otro, además el corte de la torre era inequívocamente medieval. Acisclo sintió un escalofrío: El torreón irradiaba un espeluznante halo de maldad. Todo el mundo en el coche se percató de la naturaleza paranormal del edificio.

Dejaron sus enseres en una casa rural que alquilaban todos los años y salieron a la aventura. La primera parada eran las migas. Los lugareños cocinaban este manjar, famoso por su contundencia, y lo repartían a todo el que veían. Sólo había una regla: Había que comer con las manos. El grupo había presenciado años atrás el salvaje linchamiento que se propinaba a los que osaban comerlas con cubiertos, y no iban a arriesgarse a sufrir ese terrible destino.

Nuestros héroes fueron servidos y se apartaron a un rincón para disfrutar de las migas. Era complicado comerlas, y la densidad del guiso no lo hacía más fácil. J. J. Jaimeson fue el único capaz de acabar su ración, detalle que no pasó desapercibido para los migueros. Uno de ellos miró a ambas direcciones, y susurró:

-¡Psst! ¡Eh, tú! ¿Quieres probar algo más contundente? A ver si puedes con esto chaval.

J. J. Jaimeson se acercó confiado al miguero, conocedor de su legendaria capacidad digestiva. El extraño hombre retiró un ladrillo suelto de un muro cercano, revelando el escondite de una antigua reliquia: Una cantimplora Zumrok.

J. J. Jaimeson palideció. Extasiado, preguntó al lugareño:

-Una Zumrok… Las creía perdidas. ¿Cómo es posible que haya una aquí?

-Lleva en mi familia varias generaciones, pero nadie de mi estirpe ha sido merecedor de ella. – Respondió el miguero. -He visto cómo has devorado las migas, y creo que tienes potencial. Puede que sobrevivas a la cantimplora. Pero, ¿eres consciente del alto precio que pagarías si fallas?

Jaimeson vaciló un momento. La leyenda contaba que algunas cantimploras Zumrok podían convertir a un hombre en piedra si no era digno de ellas. Pero tenía que intentarlo. “La suerte beneficia a los valientes”, pensó. Con un tono calmado, contestó:

-Acepto tu obsequio, gentil carcamal.

Retirando el absurdo cierre de la cantimplora, Jaime bebió el contenido de ésta de un trago. En ese momento, La Torre Maldita emitió una oscura reverberación que atravesó a todas las gentes y ocas del pueblo y se posó en el estómago de J. J. Jaimeson solidificando las migas y el anciano líquido, otorgándoles el peso de un Opel Calibra. J. J. Jaimeson no se había convertido en piedra, pero el influjo de La Torre había multiplicado el peso que llevaba en el estómago. Tenía por delante una difícil digestión y debía retirarse a descansar, pero sobreviviría. Ahora el grupo contaba con un miembro menos.

El siguiente reto al que debían enfrentarse era el del vino en teja. La prueba consistía en beber vino de una teja mientras los malvados aldeanos derramaban la bebida en ella. Ésta era sin duda letal, ya que tu destino dependía únicamente de la persona que vertía el vino, y al estar bebiendo no había forma humana de decirle que parara. Cada año había numerosas muertes por ahogamiento causadas por este temible rito. A todo esto se le sumaba el hecho de que el siguiente bebedor tenía que beber durante más tiempo que el anterior, convirtiéndolo en una mortífera y salvaje competición.

El Bramido Reptante, haciendo gala del terror que causaba en los corazones de los lugareños, se saltó la fila y bebió vino hasta que el hombre que le servía no pudo más y dejó caer el balde. Al acabar y con las fauces llenas del rojo líquido, rió enloquecido, alejándose en la penumbra de un callejón y dejando sólo el eco de sus carcajadas. Los niños lloraban al contemplarle y las niñas chillaban aterrorizadas. Algunas ancianas se santiguaban a su paso.

Acisclo, Adri Morello y El Vizconde hicieron una fila, y por turnos fueron bebiendo del tenebroso vino. Acisclo tenía la lengua casi insensibilizada por el tabaco, lo cual contribuyó a que aguantará unos respetables diez segundos. Adri Morello había ido a la universidad en dos ocasiones, por lo que era un boina verde de la ingesta de vino. Aguantó catorce segundos. Era el turno de El Vizconde. Debía beber como mínimo durante quince segundos si no quería sufrir la cólera de los pueblerinos. Tomando aire comenzó a beber. Justo cuando llevaba catorce segundos, la Torre Maldita emitió una poderosa honda de choque que hizo graznar furiosamente a las ocas grises, haciendo saltar varias grapas de la remendada cabeza de El Vizconde. El ebrio muchacho comenzó a sangrar sin control, cubriendo a la muchacha que había a su espalda de sangre. Desde entonces todo el mundo conocería a esa chica por el nombre de Carrie.

El sistema circulatorio de El Vizconde ahora contenía más vino que glóbulos rojos, por lo que se desmayó sin llegar a superar la prueba de la teja. Unos aldeanos le llevaron a la casa del pediatra para que se recuperase, ya que el pueblo carecía de médico. Sólo quedaban El Bramido Reptante, Adri Morello y Acisclo…

Continua aquí: https://acisclo.home.blog/2019/08/28/la-torre-maldita-parte-2/

Terror Cósmico Ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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