El bueno, el gordo y el calvo

Dedicado a Jaime, ¡feliz cumpleaños gemelo!

El reloj marcaba las seis en punto de la mañana. Tras una espera que había estado a punto de quebrar sus frágiles y embriagadas mentes, al fin había llegado la hora en la que abría el bar La Cacatúa, y nuestros protagonistas dejaban de ser borrachos nómadas que vagaban sin rumbo por las calles para convertirse en distinguidos comensales de esta gloriosa cantina. Este local era sin duda uno de los más exquisitos, antiguos y a la vez misteriosos establecimientos de la noche Zaragozana, y la travesía estaba llena de peligros.

Para llegar a La Cacatúa había que recorrer una inenarrable senda que variaba de un fin de semana a otro. Un sombrío laberinto vivo que cambiaba su fisionomía para extraviar a los viandantes que se aventuraban a recorrerlo. Sólo los más tenaces y los más hambrientos conseguían salir de él, alcanzando la tierra prometida que era dicho mesón. Pero esto no era lo peor: el camino atravesaba un vórtice temporal. El peligro pues era doble: los extraviados no sólo se perdían en el espacio, también en el tiempo.

Recorriendo el intrincado laberinto, Acisclo había visto gente con ropajes de otras épocas, llegando a toparse con un par de hombres con armadura que le miraban fijamente, sorprendidos por el brillo de su cráneo. Muy poca gente se atrevía a hablar de ello en voz alta por miedo a ser tachados de locos, pero todo el mundo lo sabía. Y lo que era peor, seguían arriesgando sus vidas cada fin de semana aventurándose a encontrar dicho bar. Los guisos allí eran tan buenos que merecía la pena correr el riesgo de extraviarse en el tiempo.

Acisclo había salido a la aventura con su amigo J. J. Jaimeson. Así como Acisclo había consagrado su vida a la bebida, J. J. Jaimeson había consagrado la suya a la comida. Grandes hazañas digestivas habían sido llevadas a cabo por el joven, quien empezaba a labrarse una reputación entre los devoradores de la ciudad. Era capaz de engullir los más colosales kebabs jumbo XXL sin necesidad de beber nada. En una ocasión hizo desaparecer un entrecot con tal velocidad que la mujer que se encontraba cenando en la mesa de al lado sufrió una trombosis aguda al presenciarlo.

Tras entrar al vórtice, recorrieron estrechas calles atravesando varios siglos, avistando gentes con ropas victorianas y con hombreras ochenteras, que al igual que ellos buscaban sin descanso La Cacatúa. Cuando llegaron al bar vieron que sólo quedaban unas pocas mesas disponibles, y se acomodaron en la más próxima a la barra. El menú constaba de cuatro opciones, ordenadas por nivel de desafío:

Ensalada aragonesa (compuesta de patatas fritas, chorizo y morcilla). Nivel de desafío 1.

Huevo frito con chorizo, longaniza, morcilla o patatas. Nivel de desafío 3.

Migas con huevos fritos. Nivel de desafío 4.

Judías blancas con chorizo y morcilla. Nivel de desafío 27.

Acisclo se pidió las migas, sabiendo que sus contaminadas tripas no le permitían almacenar demasiada comida, por exquisita que ésta fuera. Además tras una noche de excesos su estómago era poco más que un bidón de residuos radiactivos. J. J. Jaimeson se pidió las judías blancas como siempre hacía. Este era un plato reservado a titanes y a dioses de la gastronomía por su colosal tamaño y peso escurrido. Acisclo, atónito, exclamó:

-Madre mía Jaimeson, no se cómo te puedes meter semejante plato de judías en el cuerpo con el pedo que llevamos. A mi el cuerpo me pide tierra.

-Buah estoy muerto de hambre, me comería toda la carta. -Respondió Jaimeson.

Una burlona voz, acompañada de un apestoso hedor de vino tinto y Brummel respondió:

-¡Ja! Venga ya tirillas, tú no te comes toda la carta ni de coña.

Nuestros héroes se volvieron y contemplaron a su esférico enemigo. Se trataba de Montse, el legendario tragaldabas. Era un hombre de unos cincuenta años con una apretada camiseta de la Expo de 2008. Su pesadillesca panza deformaba a Fluvi hasta tal punto que parecía estar gritando. Su sobrenombre se debía a que había pasado unos años estudiando para ser cura, y como a los curas antaño se les llamaba monseñor a algún gracioso se le ocurrió la genialidad de apodarle Montse, por mon(t)señor. Por supuesto, el autor de la broma fue devorado por Montse al instante, pero el mote prevaleció.

-Eso ha sonado a desafío. -Contestó Jaimeson. Acisclo aprovechó la confusión para sorber el contenido de un vaso de vino que alguien había olvidado en la barra, jugando a la ruleta rusa con su sistema inmunitario. Montse resopló como un enfurecido búfalo ante el bravucón joven. Tras unos segundos, contestó:

-Muy bien chaval. El que se deje comida, pagará la cuenta del otro y jamás volverá a este lugar.

-Acepto. – Dijo Jaimeson.

Una antediluviana entidad apareció con un fogonazo. El camarero se arrodilló ante la aparición y, con una voz que recordaba al sonido de una flauta enloquecida exclamó: -¡Amo! ¡Al fin estáis de vuelta! ¿Habéis venido a presenciar el duelo, mi señor?

Un gigantesco pájaro tropical se había materializado en el bar delante de los comensales atravesando un oscuro túnel dimensional. Su pico estaba hecho de algún metal pesado y desconocido, y no tenía brillo. Sus ojos rezumaban una crueldad y una sabiduría inimaginables. Debía medir al menos dos metros de alto y sus garras eran tan largas como el parachoques de un Ford Fiesta. Petrificado por la visión, Acisclo liberó una ventosidad que hizo peligrar la integridad de sus vaqueros de Carrefour, marcando así el comienzo de la batalla.

J. J. y Montse se sentaron en una mesa, uno frente a otro, y el duelo dio comienzo. Primero les sirvieron la ensalada aragonesa. Este refrito manjar era un mero calentamiento para los dos púgiles gástricos. Sin dejar de mirarse a los ojos, vaciaron sus platos en el tiempo que a Acisclo le costó fumarse un Fortuna. La segunda ronda empezó, y les trajeron unos huevos fritos con longaniza. El tabernero les sirvió una copa de vino a cada uno. La rivalidad y las nubes de aceite de girasol invadían el aire del local, y la gente se agolpaba en torno a la mesa para contemplar aquel bizarro espectáculo.

Pasado el ecuador de la disputa, ordenaron que salieran las migas con huevo frito. J.J. empezó a sudar, y el estómago de Montse comenzó a emitir unos guturales sonidos que recordaban a un buque acorazado aplastándose contra un iceberg. Ambos comensales estaban poniendo sus cuerpos al límite en aquella disputa, pero ¿acaso hay alguna forma más noble de perecer que perdiendo la vida en un duelo? Montse acabó su plato unos segundos antes que J. J., ya que éste se había entretenido rascando yema de huevo del borde del plato. Y, con un fúnebre silencio, llegó la prueba definitiva: las temidas judías blancas.

El valor calórico de este guiso era el equivalente al número de calorías que un adulto medio consumía en cuatro meses. Tanto el obeso Montseñor como Jaimeson estaban llegando al límite de sus capacidades digestivas. Se enfrentaban al mayor reto de sus carreras, y ambos sentían el frenesí de un guerrero cuando entra en batalla. Quizá perecieran, quizá la luna de aquel día era la última que contemplarían jamás, pero fuera cual fuese el desenlace, aquella noche iba a ser la más gloriosa de sus vidas.

Así pues, empuñando sus cucharas, comenzó el banquete. Una carrera de fondo que revelaría quién era el verdadero rey de los triglicéridos. Las manos de los dos duelistas se movían con rapidez y sus gargantas vibraban arriba y abajo tan rápido como la cola de una serpiente de cascabel. Ambos acabaron sus platos a la vez y el público les vitoreó enloquecido. Pero entonces el abominable ave giró su cabeza verticalmente ciento ochenta grados, y todo el mundo calló. El duelo no había acabado. El camarero dijo que era hora de hacer el control antidoping.

El monstruoso pájaro posó su pico sobre el oído de J. J. Jaimeson, analizando su torrente sanguíneo. Sus crueles ojos parpadearon a destiempo, gesto que el camarero tradujo exclamando: -¡Está limpio!

Era el turno de Montse. Sus descomunales lorzas temblaban, seguramente por la presencia de aquella bestia alada interdimensional. La Cacatúa posó su pico en la oreja de Montse, y tras unos segundos profirió un agudo sonido que hizo estallar todos los cristales del bar. El camarero exclamó: -¡¡¡Sal de frutas!!! ¡¡¡Ha tomado sal de frutas!!! ¡¡¡El gordo va hasta arriba de bicarbonato!!! – Su mickeymousiana voz resonó por todas partes, perdiéndose en los ecos del tiempo.

Montse quiso gritar, pero ya era tarde. La Cacatúa le arrancó la garganta de un bocado, agitando sus colosales alas y derribando a Acisclo y a otros espectadores en el proceso. Montse había muerto antes de tocar el suelo. Jaimeson era el vencedor.

Procedieron a celebrar el funeral siguiendo el arcaico ritual del bar. En un lecho de servilletas que rezaban “gracias por su visita”, depositaron el sudoroso cadáver. También colocaron dos patatas bravas en los ojos de Montse, para que pagara al barquero que le llevaría al inframundo. Este rito era más antiguo que la humanidad y llevaba milenios practicándose en los dominios de La Cacatúa.

Cuando la ceremonia concluyó, el camarero procedió a otorgar a J. J. Jaimeson la llave del bar y el título de Cid De La Comida y protector de las croquetas perdidas. Todo el mundo le vitoreaba, y su barbilla, empapada de aceite, jamás conoció mayor gloria que la de aquella noche.

Acisclo suspiró. Aún no le habían tomado nota.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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