El Polvo de Texas

-¿Pero tú te has olido, calvo de mierda?

Esa fue la única respuesta que Acisclo obtuvo por parte de la joven. Era sábado noche en el bar Frankfurt, y tras ingerir varios pacharanes, nuestro alopécico héroe se había aventurado a participar en el absurdo juego de la seducción nocturna alcohólica. No era un Adonis ni mucho menos, y sus habilidades sociales eran superadas por la mayoría de los moluscos. Pero imbuído por el impetuoso fuego de las endrinas y la alta graduación de ese impío licor que es el pacharán, se había lanzado al ataque.

Acisclo, como alma medieval que era, sentía una fuerte atracción por las señoritas robustas. Esto era sin duda debido a algún resquicio genético salvaje que le obligaba a asegurarse de que su compañera carnal pudiera darle numerosos vástagos, todos ellos calvos, zurdos y horripilantes como él. Necesitaba repoblar el mundo de monstruos, y como la clonación humana aún estaba mal vista, no le quedaba otro remedio que tomar parte en el estúpido juego de la seducción, del que tan poco sabía.

Cuando se acercó a ella y le ofreció tomar una copa, una bolsa de abominable gas putrefacto abandonó su esófago, causando la caída de casi todas las pestañas de la chica y que los hielos de su bebida se derritieran de golpe. Una suerte de inoportuno grisú mutante que condenó su misión reproductiva. Ella, abrumada por la falta de oxígeno, espetó esa devastadora frase al bueno de Acisclo, quien, resignado, volvió a la barra y se pidió otro pacharán.

El camarero, Sito, sufría del execrable Mal del Cinco. Esta era sin duda una de las más terribles enfermedades mentales que asolaron Zaragoza en aquel tiempo. Todos sus pensamientos, sueños y esperanzas giraban en torno a que alguien pronunciara la maldita palabra “cinco”, a lo que él respondía frenéticamente: “¡Por el culo te la hinco!”, dando un respiro a su acuciante síndrome y siendo libre por unos segundos.

No está muy claro cuánto tiempo Acisclo permaneció en la barra, ni cuántos pacharanes se tomó, pero cuando acabó de lamerse sus heridas de Romeo demacrado, la cantidad de vasos vacíos que halló frente a él y cómo estaban apilados le estremeció. Algunos estaban volcados, otros de pie, y algunos estaban encima de otros. ¿Quién o qué había construido aquella abominable escultura de vidrio? No había forma de saberlo, pero Acisclo estaba seguro de una cosa: debía destruirla. No podía tolerar la visión de aquel ídolo pagano ni un instante más.

Levantó su amarillenta mano como si de una enfurecida bayeta se tratase, y cargándola con la limitada fuerza de sus desnutridos músculos derribó la construcción, causando un estruendo terrible.

Sito exclamó:

-¿Pero qué coño haces Nosferatu? ¿Se te va la olla? Ya puedes pagarme los vasos, listillo.

Acisclo preguntó: -¿Qué te debo de los vasos y de los pacharanes?

-En total son treinta y cinco. -Contestó el camarero.

Una extraña figura al fondo de la barra exclamó:

-¡Por el culo te la hinco!

Sito palideció, había caído en su propia trampa. Era el cazador cazado. Derrotado, se retiró a la trastienda del bar. Alguien había salvado a nuestro héroe, pero ¿quién?

Sus ojos se toparon con una fornida joven que respondía al nombre de Greta. Su salvadora llevaba una camiseta de Slytherin. Esto era una buena señal ya que revelaba que era fan de Voldemort, un calvo cadavérico, al igual que nuestro héroe. Quizá con ella su suerte sería diferente. La joven se presentó e instó a Acisclo a unirse a ella.

Tras unas cuantas copas, la chica invitó al descapotado galán a tomar la última en su casa. Sólo vivía a tres calles de allí, así que emprendieron el viaje. Mientras caminaban, Acisclo se encendió un Fortuna y trató de recordar la última vez que se había acostado con una chica. Su mente recorrió océanos de tiempo, escudriñando, hallando sólo vagos recuerdos de un tiempo tan lejano que parecía no haber sucedido nunca.

Al llegar fueron directos al dormitorio. Ella sacó un preservativo y apagó las luces, más probablemente por la fealdad de nuestro amigo que por timidez. Y Acisclo procedió. Tras un tiempo bastante respetable (debido no a la experiencia sino al lamentable estado físico de nuestro héroe) el encuentro terminó. A oscuras, nuestro protagonista se deshizo del profiláctico y se apoyó en la pared, buscando a tientas el interruptor, posando sus ambarinas manos por todas partes hasta encontrarlo. Tras pulsarlo e iluminar la estancia, quedó paralizado por lo que vio. Greta profirió un grito desgarrador.

Los muros y la cama estaban llenos de sangre. En la pared, las ominosas manos de Acisclo habían quedado marcadas por el rojo plasma, como en el escenario de un cruento crimen. Aquella imagen, digna de La Matanza de Texas, había dejado en shock a la chica, que canturreaba para sí misma la canción de Mercadona, con los ojos abiertos como platos. Alarmado, buscó la causa del estropicio. Comprobó con horror que el origen de toda esa sangre era su maltrecho báculo del amor: su pene. Debido al fragor del encuentro, su frenillo se había quebrado, dando lugar al sangriento espectáculo del que ahora eran testigos. Él no había notado nada, pero no le sorprendió. Había bebido tantos pacharanes que merecía que la siguiente tirada de botellas llevara su nombre y su foto.

Rápidamente, o al menos todo lo rápido que unas piernas que nunca conocieron el deporte le permitían, acudió al hospital, donde procedieron a darle puntos. Sabía desde el principio que esa noche no le deparaba nada bueno, pero no esperaba que el desenlace de su aventura fuera tan funesto: estaba siendo remendado por un médico de enormes manos y bigote gris llamado Ernesto.

Nunca volvió a ver a Greta y ahora su miembro recordaba a Tom Berenger en Platoon. Pero bueno, al menos había pillado.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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