De ratones y ebrios

DEDICADO A GABI

Acisclo depositaba una a una las botellas de cristal en el contenedor de reciclaje. Las tres pesadas bolsas abarrotadas de recipientes se amontonaban bajo sus pies, y sentía que su tarea no acabaría nunca. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Una tras otra, las botellas iban cayendo haciéndose añicos, pero siempre había más. ¿Cuánto habían bebido la noche anterior? Recordó que Invhéctor había traído dos cajas de cervezas. El Bramido Reptante otras dos. Alex Highpear se había encargado del bourbon, y El Profesor y Lupín habían traído pacharán y otros infectos brebajes que el grupo había deglutido en un tiempo récord, abandonándose a la exaltada inconsciencia que a menudo se adueña de los borrachos y de algunas aves de granja.

Tras lo que parecieron décadas, Acisclo depositó la última botella dentro del contenedor. Cuando levantó la vista vio que unos 15 viandantes se habían detenido para observar aquella titánica demostración de alcoholismo.

“Tiene que estar muerto por dentro si se ha bebido todo eso” susurraba una señora. “¡Dios santo, es horrible!” exclamaba un señor. Una mujer, cayendo de rodillas presa de la histeria, repetía en voz baja una y otra vez “¿Pero cómo puede ser tan calvo?”

Nuestro héroe, avergonzado al ser visto en horas tan bajas por ciudadanos corrientes y respetables, se apresuró a abandonar la escena. Su brillante calavera se alejó a paso ligero, dejando una estela de almas rotas tras de sí.

Llegaba tarde. Había quedado con Ana Verbeke, una antigua compañera de clase para darle su currículum. Su padre, Natalio Verbeke, era propietario de varias comunidades de vecinos, y estaba buscando un conserje para una de sus fincas más remotas: El residencial Tentaciones. El edificio se encontraba en Santa Isabel: una tierra levítica, cruel como la ciudad y a la vez salvaje como el campo. Un lugar donde ni los lobos ni los gorrillas se aventuraban y donde apenas vivía gente.

Aquella tierra, insólitamente profana y rodeada de numerosas y tenebrosas leyendas, era evitada por muchos. Pero para Acisclo era perfecta: estaba apartada de la sociedad y le permitía disfrutar sin demasiados testigos de su hobby favorito: la degustación matutina de pacharán. Otra de las ventajas del puesto era que podría alojarse gratis en la finca, pudiendo huir de su arcaico hogar en Alférez Rojas, que estaba a punto de desplomarse. Las cucarachas y los canis habían huido de la zona, y que tales alimañas hubieran puesto tierra de por medio no presagiaba nada bueno.

Ana Verbeke le esperaba en su apartamento de la calle Terminillo. Cuando Acisclo entró notó un olor inusual que le transportó a su infancia. Creyó estar oliendo los pinos del bosque de su pueblo donde solía quemar basura con sus primos, pero no era posible. No hay manera de tener un pino en un piso. Cuando preguntó a Ana sobre este olor, ella le dijo que usaba un producto llamado ambientador en su casa. Al parecer, este insólito artefacto capturaba la druídica esencia de los pinos y la depositaba donde el usuario eligiera. Nuestro héroe no daba crédito a lo que estaba oyendo. Ana Verbeke era obviamente una bruja o algo por el estilo, por lo que decidió que abandonaría ese blasfemo lugar tan pronto como le fuera posible, antes de ser presa de sus hechizos.

La joven cogió el breve pero cómico currículum de Acisclo y lo metió en un extraño contenedor plano con gomas. Con voz cantarina, preguntó a nuestro decrépito amigo:

-¿Quieres ver una cosa? ¡Me lo acaban de traer, se llama Puki y es super mono!

Acisclo sintió un escalofrío. Si aquella muchacha era capaz de robar la esencia de un bosque sólo para que su casa oliera bien, Puki tenía que tratarse de algún tipo de bestia salvaje esclavizada mágicamente. Sus poderes eran sin duda temibles.

Ana Verbeke abandonó la habitación y en un abrir y cerrar de ojos regresó con un misterioso ser entre las manos. Se trataba de un extraño híbrido de ratón y pokemon. Hámster lo llamó. La mera existencia de aquella criatura desafíaba a la naturaleza y sólo podía ser fruto de la magia negra.

Ana depositó al “hámster” en las amarillentas manos cadavéricas de Acisclo. Los ojos de la bestia eran de un abisal color negro, y parecían poseer una sabiduría sólo al alcance de los dioses más antiguos. Puki miró fijamente a Acisclo, pero Acisclo no fue capaz de aguantar la sabia mirada del mítico roedor.

Sonó el teléfono. Ana dejó a nuestro héroe a solas con el hámster y acudió a contestar la llamada. En el preciso instante en el que la chica abandonó la habitación, la criatura frunció el ceño y lanzó a Acisclo una intensa mirada de desafío, seguida de un enorme excremento que se pegó a sus manos como un impío chapapote ectoplásmico. En un acto reflejo, Acisclo dejó caer al roedor, y al darse cuenta de su error, en otro acto reflejo le dio una patada, evitando que cayera pero lanzándolo disparado contra el techo.

Ana Verbeke regresó. La rocambolesca escena con la que se encontró le dejó muda. Había sangre en la zapatilla de Acisclo, heces en sus manos y más sangre en el techo. Puki yacía malherido en el suelo, maldiciendo a Acisclo con una profunda voz que delataba su origen interdimensional. Tan sólo habían transcurrido quince segundos, pero en ese breve tiempo nuestro héroe se las había apañado para cabrear a una bruja, perder un trabajo, perder una casa gratis y herir a un ser superior. La chica comenzó a gritar, enloquecida:

-¿Pero qué cojones has hecho? ¡¿Es que estás completamente loco?! ¡¡¡FUERA DE MI CASA YAAA!!!

Usando arcanas técnicas de curación y alquimia, Ana Verbeke comenzó a sanar al roedor, quien con una atronadora voz juraba venganza contra su pelado agresor.

Acisclo abandonó inmediatamente el lugar. Ese día había hecho dos poderosos enemigos: La hechicera y Puki el dios hámster. Estaba demasiado alterado para dormir aquella noche, y si lo conseguía iba a tener terribles pesadillas. Lo más sensato en ese momento era irse al Gandalf a tomar unas jarras y ahuyentar así los fantasmas de su mente. Así que nuestro héroe se dirigió hacia el bar, mientras extrañas fuerzas mágicas se confabulaban contra él…

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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