Liberar a Willy

Acisclo necesitaba dinero. Una vida de beber de noche y dormir de día no era precisamente lucrativa, y dado que el asequible bar Hamburguesas estaba cerrado por reformas y que su contrato como reponedor había finalizado casi un mes atrás, su economía se había resentido intensamente. Sin Carmelo y su templo del alcoholismo calmando su sed se sentía tan abandonado como unas acelgas en un buffet libre.

Con sus ocres manos de un tono similar al del Calipo verde, abrió su última cerveza y comenzó a hojear el periódico en busca de un nuevo empleo. Necesitaba un trabajo en el que pagaran lo antes posible, y a poder ser en el que no exigieran ir afeitado. Todo lo demás no importaba. Acisclo era en aquellos momentos un esclavo de una insaciable sed de pacharán que no atendía a razones, un grito mudo que sólo podía ser acallado por medio de la ingesta de alcohol, y que le habría llevado a desempeñar las labores más indignas de ser preciso. Entonces se percató de un reverberante anuncio que rezaba:

-Se buscan comerciales a puerta fría para negocio local. Pagos diarios. No necesaria experiencia. Imprescindible ser una persona proactiva.

Nuestro héroe, sobresaltado, escupió la espuma de su cerveza, como si de un extraño perro rabioso estelar calvo se tratase. ¿Qué diablos significaba aquello de proactivo? No había forma de saberlo. Pensó en recurrir a su diccionario, pero su autoritario hígado le dio un ultimátum. Se apresuró a llamar al teléfono del anuncio con su arcaico 3310 y, tras contestar algunas preguntas, el puesto era suyo.

Comprendió que se había adentrado en un tenebroso mundo de precariedad laboral, un planeta cuya corrupta atmósfera era aquel oscuro halo que rodeaba el mundo de las ventas, y que estaba habitado por ambiciosos tiburones sedientos de poder con los que él no tenia nada que ver. Pero ya no había vuelta atrás. Acisclo era oficialmente un comercial. Un trueno sonó no muy lejos de allí, sellando la funesta sentencia que condenaría el currículum de nuestro amigo para siempre.

Al día siguiente conoció a su equipo comercial. Estaba formado por dos extraños individuos, que respondían a los nombres Víctor El Inmortal y Jose Ramón, a quien todo el mundo conocía como Jose Jamón debido a su innegable pero cómica obesidad mórbida.

Víctor El Inmortal era un hombre de casi 50 años, y en su juventud había sido un asiduo de la ruta del bacalao. Ganó su apodo por el elevado número de ocasiones en las que, después de una noche de excesos narcóticos, se había despertado en el depósito de cadáveres, dado por muerto. Víctor mostró con orgullo los precintos que habían colocado en su pie y que contenían las fechas de sus múltiples defunciones. Aquellas brillantes etiquetas relataban una hercúlea burla a La Parca. Una lucha contra la naturaleza que se había sostenido durante casi diez años, y de la que había salido victorioso.

Acisclo derramó una lágrima. Se encontraba entre los suyos.

Víctor explicó a Acisclo que su labor consistía en vender seguros para la caldera a los vecinos del barrio de Torrero. Mientras tanto, Jose Jamón devoró casi todas las croquetas de la cafetería. Acisclo contó unas 14, pero las manos del obeso eran demasiado rápidas como para que el ojo humano pudiera seguirlas. El Inmortal y el calvo paladín apuraron sus cafés, y cuando Jose Jamón acabó de relamerse los dedos se marcharon.

El sombrío equipo se dirigió a una angosta calle remota. Jose Jamón llamaría a las casas del número 19, Víctor El Inmortal a las del 20 y Acisclo a las del 21. Nuestro héroe llamó a un piso al azar. La puerta emitió un zumbido ensordecedor, y así comenzó aquel viaje a los abismos fecales de la indignidad laboral.

Acisclo subío al último piso en el ascensor. Vio que dos de las tres puertas del rellano estaban precintadas por la policía, y pulsó el cobrizo botón del timbre de la tercera casa. Había algo en aquel lugar que le encogía el alma.

Una mujer insólitamente robusta y de anchos antebrazos abrió la puerta. Su hostilidad era increíble. El aura de aquel ente era tan poderosa que Acisclo sintió un escalofrío. Nuestro alopécico vendedor le ofreció el seguro para la caldera, pero su temblorosa voz indicaba tanto su falta de experiencia en el trato con humanos como su imperiosa necesidad por echar un trago. Ella, con la expresión con la que un tiburón mira a una sepia común, berreó:

-¿¿¿No tienes una forma más honrada de ganarte la vida, como por ejemplo robar cobre o pedir en los semáforos, calvo de mierda??? ¡Joder que estaba viendo caso abierto!

La colosal maruja cerró la puerta con tal potencia que cayó grava del techo. La estructura de todo el edificio se tambaleó tras esa demoledora demostración de poder saiyan. Pero no era lo único que había resultado dañado en el proceso. Las apestosas tripas de Acisclo se revolucionaron, sin duda agitadas por la honda expansiva del portazo de la gigante. Acisclo entendió que la mortal combinación de café solo, síndrome de abstinencia y una dieta basada en los rebozados convertía sus intestinos en un arma química letal, y que aquel portazo había actuado como un fatídico detonador. Sabía que no tenía mucho tiempo. Tenía que LIBERAR A WILLY.

Obedeciendo la llamada de la naturaleza, apoyó su huesudo culo decrépito en la puerta y la función dio comienzo. Acisclo defecó como si los antiguos dioses hubieran maldecido sus insurrectas entrañas.

Una vez hubo acabado, se subió sus roídos pantalones de Carrefour y emprendió la huida. No tenía valor para mirar atrás y contemplar el tóxico engendro que había traído al mundo. Bajó corriendo las escaleras. La idea de que su huida alertara a aquel coloso con bata le aterraba. Cuando estaba saliendo del portal escuchó un desgarrador grito. La pesadillesca maruja había descubierto el blasfemo obsequio de nuestro amigo, perdiendo la cordura en el proceso.

A la mañana siguiente nuestro héroe cobró el cheque y se dirigió al rollo. El Hamburguesas había vuelto a abrir sus puertas. Acisclo sonrió al ver las fotos de carnet en la pared de El Hamburguesas y al bueno de Carmelo, que le daba la bienvenida. El universo había recuperado su equilibrio.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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