El Terror Humeante

Acisclo estaba nervioso. Sus manos infestadas de ácido úrico sudaban, liberando toxinas de una complejidad química tal que hacían que algunas drogas de diseño parecieran simples aspirinas. Los reencuentros siempre le habían incomodado, al igual que los encuentros a secas, o ver a la gente que ya conocía.

Había recibido la llamada de Albert Gentleman, un antiguo amigo de sus tiempos de estudiante. Ninguno de ellos acabó sus estudios secundarios, ya que solían pasar las mañanas jugando al futbolín y degustando paganos licores en las recreativas cercanas al instituto El Potrillo, fuente inagotable de delincuencia y paternidad adolescente desde tiempos inmemoriales. Tanto Acisclo como Albert Gentleman habían intercambiado sus futuros por las funestas mieles que ofrecían las ruidosas recreativas, que les otorgaban una felicidad tan inmediata como efímera a cambio de unas monedas.

Cada año cientos de jóvenes caían presa de estos tugurios, condenando su futuro a la reposición de alimento en centros comerciales y desarrollando un prematuro gusto por el alcohol más adulterado posible. Quizá este país sería una superpotencia planetaria de no ser por esos malditos juegos blasfemos como el futbolín y el pinball, que nos privan de cientas de jóvenes almas cada año y quiebran muñecas y vidas a partes iguales. Pero eso es otra historia.

Albert Gentleman había sido en sus años de estudiante un afamado atleta juvenil, y nuestro héroe recordaba cómo su fibroso cuerpo de galgo humanoide solía procurarle la atención de las hembras del lugar, cada una más verdulera que la anterior. Diana Saturno, la chica más voluptuosa de la clase y cuyos colosales pendientes de aro eran la envidia de toda la comarca, había sido presa de los encantos del atleta. Este hecho había convertido a Albert Gentleman en un héroe de leyenda entre los otros estudiantes, asegurándole una posición privilegiada en el Olimpo de la seducción estudiantil de extrarradio.

Cuando nuestro héroe llegó a su cita en el glamuroso bar Sao Paulo vio una oscura figura que le observaba desde el fondo de la tasca. Llevaba una gorra de Lagwagon calada hasta las espesas cejas y sostenía un humeante cigarrillo en la boca, como una oscura antorcha humana que aguarda paciente hasta consumirse completamente. Acisclo no podía creer lo que veían sus ojos: Aquella silueta casi etérea pertenecía a su amigo de la juventud. Poco quedaba de aquel atleta que antaño percutía féminas y ganaba carreras sin esfuerzo alguno. En su lugar, una cadavérica visión, parecida a La Parca, le esperaba en silencio.

Nuestro alopécico amigo se sentó junto a Albert y, tras unas cuantas rondas, se pusieron al día de los últimos 14 años de sus vidas. La experiencia laboral de ambos cabía en un post-it, pero sus hazañas alcohólicas habrían podido llenar los estantes de la biblioteca de Alejandría. Albert no paraba de fumar, y la velocidad con la que engullía las bebidas era trepidante. Hasta a Acisclo, cinturón negro de la autodestrucción, le pareció salvaje.

La conversación entre los ebrios amigos fluía rápida como una tormenta de ácidas aguas que rebosaban fracaso y bilis. Parecía que ambos habían llevado vidas paralelas, y con la complicidad que una mesa roída, el alcohol de garrafón y los recuerdos comunes otorgaban al encuentro, Albert Gentleman hizo una confesión:

-Acisclo tío, a mi el alcohol normal ya no me hace nada.

Antes de continuar, el antaño deportista miró a ambas direcciones, como asegurándose de que nadie le escuchaba. Bajó su tono de voz y, exhalando una columna de apestoso humo infernal, susurró:

-He descubierto algo mejor. Algo que, una vez lo pruebas, hace que beber pacharán sea como comer Petit-suisse. Es Alzheimer líquido macho, magia pura. Tienes que probarlo… Voy a por unos chupitos.

Acisclo sintió un escalofrío. Temía a aquellos pequeños vasos de las tinieblas como un japonés teme a Godzilla. Pese a su hercúlea resistencia a las bebidas espirituosas, los chupitos siempre habían sido su talón de Aquiles. Se abalanzó sobre Albert para impedir su compra, pero ya era demasiado tarde. Si bien sus pulmones estaban tan necrosados como la momia de Tutankamón, sus piernas de corredor de maratón seguían ágiles, y Acisclo no había sido capaz de evitar la tragedia. Su destino estaba sellado.

Albert Gentleman regresó a la mesa con una tabla de chupitos inmensa, todos de aquel extraño y clandestino brebaje del que le había hablado. Nuestro protagonista engullió uno, y su compañero otro. Con cada chupito, el atleta humeaba más y más. Acisclo bebió otro más, y Albert hizo lo mismo. El humo le brotaba por la nariz y la boca sin pausa, como un silencioso incendio forestal que se acercaba cada vez más. Pronto, la humareda les había rodeado casi por completo. Tragando con sufrimiento el tercer chupito, y quedando todavía otros tres para cada uno, nuestro amarillento amigo tiró la toalla. Los ojos de Albert Gentleman se encendieron con un tono anaranjado similar al del cigarro que sostenía en sus finos labios, y con rugido similar al de un ciclomotor trucado, declaró:

-NO. Debes beberlos todos. Sólo así podrás marcharte.

Acisclo se levantó e intentó escapar, pero era imposible: se encontraba atrapado dentro de un espeso círculo de humo tan sólido y opaco como una anciana cripta mesopotámica. Al volverse, contempló horrorizado la cara su viejo compañero. Las llamas de su cigarrillo parecían haber entrado en su cabeza, ocupando la parte central de su cráneo y haciendo brillar sus cuencas y orejas, revelando su fantasmagórica naturaleza. Albert ya no era aquel jovial empotrador adolescente venido a menos. Se había convertido en un esclavo de aquella pesadillesca poción, un siervo de la amnésica bebida prohibida conocida en la Tierra como Jaggermeister. Albert Gentleman era su esclavo, era El Terror Humeante.

Este deleznable licor y sus fantasmales súbditos azotaban al mundo desde hacía décadas, y habían hecho desaparecer civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra privándoles de sus recuerdos. Albert seguramente les había vendido su alma años atrás a cambio de los terrenales dones de los que gozaba en su juventud, y ahora le tocaba pagar su deuda.

El calor de las llamas se hacía más y más insoportable. El espectro aullaba furioso para que nuestro protagonista se acabara las bebidas, firmando así el oscuro pacto que habían redactado con sus hígados. Acisclo agarró un olvidado vaso que contenía el agua de los derretidos hielos de un cubata y lo virtió sobre los chupitos, contaminando así su infernal receta con agua tibia baboseada. El terror humeante gritó:

-¡¡¡¡¡NOOOOOOO!!!! ¡¡¡¡¡LE NECESITAMOS CON NOSOTROS!!!!! ¡¡¡¡¡EL PORTADOR DEBE SER NUESTRO!!!!!

Con un fogonazo, la aparición se desvaneció. La prisión de humo había desaparecido y nuestro héroe era al fin libre. ¿Qué significaban las palabras del fumador?

Acisclo se encendió un Fortuna dándole un largo calo. Agarró su agrietada chaqueta de cuero y se dirigió hacia la salida. Cuando estaba a punto de marcharse, sintió unas peludas manos que le retenían. Era el camarero. Aquel tacaño espectro no había pagado ni una copa.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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