El heredero del estilo de la Palma de Hierro

Héctor cállate

Acisclo sabía que su caduco organismo necesitaba algo más que pacharán y Fortuna para sobrevivir. El poco tejido muscular que cubría sus puntiagudos huesos estaba empezando a desaparecer. Apenas recordaba cuándo fue la última vez que comió algo, y visiones de comida rebozada invadían su mente. El rugido de sus apestosas entrañas le impedía oír las voces de sus extraños amigos. Les suplicó ir a comer algo, ya que empezaba a amanecer y sabía que la luz solar combinada con el hambre podían acabar con él como si de un afeminado vampiro se tratase.

Se encontraba junto a sus habituales compañeros de fatigas: Lupín, El Profesor e Invhéctor. El primero era famoso por su paciencia y pacifismo, aportando a menudo la nota de cordura en los incesantes desvaríos del grupo y frenando conflictos con sus kilométricos brazos. El Profesor solía regalar a los que tenían la suerte de acompañarle valiosas lecciones de vida dignas del Dalai Lama, de una altura espiritual tal que hacían a Acisclo plantearse si este sujeto era realmente humano. Y luego estaba Invhéctor. Un misterioso sujeto de cabellos salvajes cuyo discurso evocaba épocas prehistóricas y visiones de mundos primigenios. Poco se sabía sobre este ser, y ningún médico había sido capaz de determinar su edad.

Se sentaron en una terraza del antiguo barrio de China Town, en la Calle Unceta, y pidieron unos calamares cthulhianos y unas cervezas para equilibrar sus maltrechos PHs. Los baldosines del exterior del bar se caían sin previo aviso, dejando a la vista el deleznable muro, tan antiguo como el tiempo. La visión de los baldosines precipitándose contra el suelo era sin duda una metáfora cruel, que recordaba a Acisclo el infame episodio en el que perdió todo su cabello de la noche a la mañana. El universo se reía de nuestro héroe, y éste, herido, llevó sus ambarinas manos a su sudorosa calva druídica mientras se encendía un cigarrillo. Mientras, sus acompañantes habían entablado conversación con dos extrañas figuras.

Uno de ellos tenía un aspecto pajaresco. Sus vértebras sobresalían de su estructura ósea como las de un reptil. Quizá provenía de una rama evolutiva diferente a la nuestra. No había forma de saberlo.

El otro miraba los calamares con unos pequeños ojos que narraban la historia de una piscina genética que se había entregado a los oscurantistas placeres del bestialismo, y que había conseguido perpetuarse en el tiempo por medio de la corrupción de la poca pureza que se halla en los humanos. Probablemente tenía más en común genéticamente con una cabra o un buitre que con cualquier homínido. Estas dos pesadillescas criaturas habían llegado para quedarse. Sus nombres eran Perico y Wilbur Whateley.

Invhéctor, acostumbrado a tener que luchar por el alimento contra animales extintos cada día (algunos de gran tamaño), encontraba la mirada que Wilbur lanzaba a los calamares intolerable. ¿Acaso aquel híbrido abisal quería apoderarse de sus víveres? Su mente de Neandertal dudaba, pero su instinto primitivo le gritaba que se preparara para la batalla. Cerró sus enormes ojos descartados por la evolución y se concentró.

Silencioso como el movimiento de una capa tectónica, comenzó a acariciar su primigenia melena, acumulando así todo el Ki que le era posible, aumentando su poder y haciendo que sus chakras se abrieran y cerraran como locos.

El tiempo pasó, y el aura de Invhéctor se volvía más y más pesada por momentos. Mientras, el resto de nómadas etílicos comía calamares y apuraba sus jarras de Ambar, sepultando su marchita juventud bajo toneladas de triglicéridos y gordersterol.

Tras diez minutos exactos los ojos del hombre de las cavernas se abrieron. Su palma derecha estaba rodeada de un blanquecino fuego fátuo que se reflejó en el cuero cabelludo de Acisclo, alertando así a Wilbur del peligro. Invhéctor lanzó un guantazo con la mano abierta contra la hundida mejilla de Wilbur, esparciendo sus partículas por todas partes. Presa de una prohibida técnica milenaria producto del Kung Fu más corrupto, el hombre cabra salió proyectado hacia atrás, perforando varios edificios tras de sí. Ya no quedaban calamares, pero eso no importaba. Invhéctor, habiendo descargado todo su Ki, adoptó una posición de caballo cuadrado, revelando así su verdadera identidad: se encontraban frente al heredero del estilo de La Palma de Hierro. ¿Era este el verdadero poder del troglodita?

Wilbur había muerto, y Perico había huido. El sonido de una ambulancia comenzó a oirse a lo lejos, y un eructo de El Profesor marcó la una del mediodía. Con las fauces manchadas de salsa Romesco, Lupín susurró:

-Haya paz.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza

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Publicado por Acisclo

Relatos cortos de terror cósmico sobre Acisclo, el portador del hígado mágico.

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